Opinión

Pagar la cuenta

Como soy una librera en decadencia, este año no me han invitado a la fiesta del Planeta. Es broma y aunque las chanzas siempre esconden algo de verdad, lo cierto es que sólo he ido dos veces y de casualidad. Digo esto porque me dispongo a defender al premio en tiempos en los que se lleva el todos a uno contra Sonsoles Ónega, cuyo pecado es ser mujer, hija de periodista famoso y presentadora maja de Antena 3. No le ha salvado de la marejada ni las señoras rezando en la puerta de Ferraz.

Lo único que sé de la novela de Sonsoles es que tiene una portada vistosa y que ha ganado el Planeta. También sé que antes de llegar a las librerías un montón de gente se interesaba por él, lo cual hace pensar que el sentido comercial del evento funcionó a las mil maravillas.

Las empresas tienen la manía de buscar la rentabilidad de sus operaciones, incluso en aquellas que llaman ‘premios’ queriendo decir márquetin y publicidad. Que quede alguien que aún crea en la posibilidad de ganar el Planeta enviando un manuscrito, me provoca tanta ternura como un niño alzando sus manitas para coger caramelos en la cabalgata de Reyes y ve como todos pasan de largo o como Feijoo diciendo que él es el ganador de las elecciones. Dan ganas de abrazarlos a todos y decirles, venga venga, ya pasó.

Más allá de las ironías, si la realidad nos permite sobrevivir desinstalando el humor de nuestras vidas, los grupos editoriales son las únicas empresas que sacan al mercado productos sabiendo que fracasarán, que el dinero invertido no será recuperado. Muchos de los autores tótem para la crítica o para los lectores acérrimos de gusto educado a base de leer todos los días, autores conocidos o desconocidos que cosen textos de hechuras perfectas y originales, autores clásicos o de vanguardia, no cubren con sus ventas los gastos de la edición y, aun así, tienen siempre un sitio en el catálogo porque los jefazos no olvidan que su negocio, aunque mueve mucho dinerito que suma y empuja el producto interior bruto, es más que un negocio. Su actividad está en el centro de la cultura, en el corazón de lo imprescindible, saben que comercian con algo tan alimenticio como el pan, y que la literatura, tan necesaria y minoritaria, es un bien a proteger y un animal en extinción en la sociedad en la que viven.

Pero la harina hay que pagarla y la luz del horno donde se cuecen las historias de los que llegan a mil o alcanzan un millón, también. Los súper ventas, por muy malos que vengan, y no digo que este lo sea, pagan la cuenta.

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