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Pinceladas sobre gastronomía y pasado

COMPARABA Javier Castro la vida de los “señores” de antaño con la de los “ricos” de ahora y aseguraba que vivían mucho mejor los primeros. Pensando en ello coincido plenamente con que no le falta razón. Los “señores” de aquella época, tiempos que mi querida profesora de sociología, Cristina, refería como los de”los ricos no trabajan”, eran los equivalentes a los que Javier describe en Galicia; los “señores vivían tranquilos y dedicados al disfrute de los privilegios otorgados casis siempre por razón de cuna y, excepcionalmente, por fortuna alcanzada por otros medios.

En cambio, los ricos actuales, salvo excepciones, son nuevos ricos cuyo estatus alcanzado unas veces mediante esfuerzo personal y muchas otras, mediante la especulación financiera o incluso la explotación de mano de obra barata en zonas del globo menos favorecidas, exige tal dedicación de tiempo para mantener lo adquirido y de entrega al trabajo en la lucha por mantener el estatus alcanzado, que poco o nada de su tiempo queda para la reflexión, el pensamiento, la creatividad, el disfrute de los sentimientos, ni siquiera el disfrute de aquello que económicamente se ha adquirido. Por el camino han quedado la mayor parte de los valores, la coherencia y, no pocas veces, el amor y la familia.

Los “señores de antaño no tenían que ocuparse de nada porque en todo eran servidos y su tiempo, según las preferencias de cada cual, se empleaba en lo lúdico, lo contemplativo, en la búsqueda del conocimiento, pero sobre todo, en el disfrute de las relaciones humanas.

¿Qué diablos nos está pasando? Tanto avance tecnológico, del cual no hay que renegar, nos está robando algo insustituible que no deberíamos desechar: la comunicación directa y personal

Cuando pensamos en Cunqueiro y sus contemporáneos, en las tertulias de la Taberna de Eligio y en espacios similares, ¿de estos tiempos y personas tan cercanas, qué nos queda? Más allá de sus relatos escritos y de los pocos que todavía lo pueden contar, todo parecería un sueño. Un sueño que fue realidad y no es tan lejano.

¿Qué diablos nos está pasando? Tanto avance tecnológico, del cual no hay que renegar, nos está robando algo insustituible que no debiéramos desechar: la comunicación directa y personal. Las tertulias, las historias entrañables de esta Galicia nuestra, nacidas al calor de la gastronomía nos dan cuenta de muchos aspectos de la vida en el pasado, incluso en un pasado reciente.

Entre los años 1902 y1905, se publicaron cuatro Sonatas escritas  por Ramón María del Valle Inclán y en ellas narra las memorias ficticias del Marqués de Bradomín, obras escritas en prosa modernista y consideradas por algunos las mejores novelas del siglo XX y que relatan episodios dónde se reflejan las distintas vivencias que por esos lares acontecían, narradas a través del alter ego de este escritor bohemio y de familia rica

Pues bien, si cada cual entiende el disfrute a su manera, personalmente comparto con Gregorio Varela que “A quién come acompañado le va mucho mejor la vida” y del mismo modo estoy de acuerdo con el consejo que le dio su padre a este Presidente de la Fundación española de nutrición, en el sentido de que es  recomendable “disfrutar de la vida y pensar siempre bien, sin dobleces”.

Una vez más, volviendo a la gastronomía gallega y al papel de las mujeres en ella, no era lo mismo ni la gastronomía ni su disfrute para los unos que para las otras. A pesar de las diferencias entre los pudientes y los pobres que como señalaban al hablar de los últimos, tanto G. Varela cuando afirmaba que cuanto más se calentaba el caldo en casa del pobre, más se empobrecía porque perdía toda la vitamina C, o como recuerda J. Castro al hablar del “alquilador do oso”, que iba de casa en casa introduciéndolo un ratito en la olla para dar sabor al caldo,  ni entre los ricos ni entre los pobres las mujeres jamás gozaron de los mismos privilegios culinarios que los hombres, quienes comían primero y, en el mejor de los casos, ellas comían lo que quedaba y cuando ya estaba frío y no en su punto.

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