Opinión

Pecado original

¿Se equivoca Dios? No, según el dogma, pero uno podría preguntarse si no tuvo un desliz con el libre albedrío, y la posibilidad de morder la manzana. Tras eso vinieron Eros y Tanatos; las pasiones, la avidez, el miedo y afán ciego de supervivencia, y los crímenes de guerra

En el hinduismo, como los griegos, las cosas eran más fáciles: dioses en su realme, casi siempre preocupados de asuntos propios, lejanos al dolor de los humanos, ínfimas criaturas abocadas al sufrimiento, como nos previno el Buda.

Ucrania de nuevo ha traído los crímenes de guerra.

Quien suscribe pasó un año estudiando derecho internacional humanitario (DIH). Un conjunto de normas que trata de limitar los efectos de los conflictos armados, protege a los civiles, a aquellos que han dejado de participar directa o activamente en las hostilidades (incluyendo prisioneros de guerra), e impone límites a la elección de medios y métodos de hacer la guerra.

Se debe distinguir entre el DIH, que regula la conducta de los beligerantes en un conflicto armado (ius in bello), y el derecho internacional público, según la Carta de Naciones Unidas, que determina si un Estado puede recurrir lícitamente a la fuerza armada contra otro Estado (ius ad bellum). La Carta, consciente de la historia, prohíbe el uso de la fuerza, salvo en dos circunstancias: en legítima defensa contra un ataque armado, y cuando el uso de la fuerza armada está autorizado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Algo sabio, de supervivencia, en la era nuclear. Pero, como siempre con leyes – que el papel lo aguanta todo –, a menudo me sorprendía la casuística del matar a sangre fría.

En Camboya vi el reverso, el descontrol del horror, pues los hombres tienen un límite, y cuando se quiebra, vale todo. Tras el napalm gringo, a muchos que habían sobrevivido, o hecho, lo indecible. Por ejemplo, ocho horas escuchando a un hombre, solo uno, que había sobrevivido a 2.500, tras un año de tortura einanición en un campo de exterminio, que hoy es una escuela. O un niño obligado a ser torturador, con apenas doce años. U otro que degollaba usando hojas de palma, a quien «se le cansaba el brazo», tras ocho horas. O la entrevista con Douch, el carnicero de Phnom Penh, jefe de Tuol Sleing, el mayor centro de tortura del khmer rouge en la capital – muy pequeño en comparación con los campos del norte –, que leía poesía francesa al borde de las zanjas.

De todos ellos, lo que más evoco son sus carcajadas a destiempo, o sus silencios, y sobre todo sus miradas de fuego donde danzaban las sombras, a menudo ahogadas en alcohol, sin éxito, claro. Era usual que al principio negaran, y que terminaran hablando abiertamente, tras haber ganado su confianza. Como si fuera una necesidad. Igual que mi amiga Alisha Liubitskaya, que vomita palabras cuando no puede más, obligada a confrontar el horror en su doble trabajo de psicóloga y sanitaria.

Curiosamente, a Putin se le pretende encausar por haber secuestrado a 16.221 niños, llevados a Rusia: nada de Bucha, Irpin, Mariupol, etc., condecorando a sus autores como héroes patrios. Saqueos, torturas y violaciones. Ataques a civiles, hospitales o centrales nucleares.

Solo su tesis de que Ucrania no debería existir, negando su identidad, y que los ucranianos son "nazis", que deben ser "reeducados" o "destruidos", equivale a genocidio.

¿Por qué entonces el rapto de niños? Quizá la respuesta es Bush hijo, pues Ucrania e Irak – Camboya y Laos aparte – son las dos únicas violaciones de la Carta de la ONU por Estados miembros del Consejo de Seguridad, con derecho a veto.

Lo mismo que en Camboya, EE.UU. y Reino Unido incineraron en Irak pueblos enteros con civiles – como Safwan –, usando armas de destrucción masiva. Permitieron el saqueo del museo de Bagdad, cuna de la humanidad, y cometieron tortura en Abu Ghraib. Como Putin, crímenes de guerra, pero "justicia de vencedores".

Mi pregunta final, Dios, es si es posible una guerra sin crímenes – ¿o es nuestro castigo, excesivo, por morder la manzana?

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