Opinión

Salman

Permítame hoy un viaje en el recuerdo, ilusión camuflada de memoria. En el breve lapso desde la nada, estallada en el instante de sangre y dolor inútiles, hasta el lento declinar de niebla, engañados por la mentira de la alegría, a la perfecta relegación: "antes y después del olvido, hay un largo crepúsculo que es la vida", decía Stétié. 

Hablaba de memoria, y Salman era un kurdo hecho de aire, recién llegado a Suiza, donde había obtenido estatuto de refugiado político, que eran otros tiempos. Salman era aire, decía, criatura de Juan Rulfo. Susurro de muertos y frazadas, por tanto, más vivo que ninguno, y así lo decían sus ojos, y sus palabras lentas, casi cansadas de nacer. 

Caminaba con la sabiduría de los que no van a ninguna parte, y eso era —lo supe después— porque le habían cercenado la memoria en fuego cuando comenzaba a tenerla: vio arder su casa, con sus padres dentro, en un ataque de las mesnadas turcas; que podrían haber sido iraquíes, iraníes, afganas, sirias o tayikas, pues Salman era kurdo. 

Ese día fue consciente de que era un milagro, y medró así, si lo hizo. Su brillo, humilde y tenue, creció en la esencia fascinada de las cosas que importan, y las palabras no dichas, amistad verdadera. En la luz atemporal nacida del crepitar y las bombas, que lo hicieran nadie. 

Lo encontré estudiando "derechos humanos". El único que sabía por qué, en un terciopelo de inadaptados, porque inadaptado había que ser para cursar algo así en este mundo, y no reírse. Aunque también había un marroquí que lo sabía, tras pasar 14 años en aislamiento bajo tierra, con Hassan. 

Salman reía mucho, todo en su risa era derechos humanos, y así enamoró a Ilva, una gran noruega de las islas Lofoten, donde las auroras boreales modelan los fiordos, la luz que no existe, pues allí se acaba, el salmón que hierve en las bahías, y gentes con lentitud de vacas. 

Ir a cenar con Salman, siempre comiendo aire, pues no podía gastar, ni probablemente tragarlo, era una experiencia inenarrable. Se arrinconaba a propósito, por instinto, y comenzaba a hablar solo cuando los demás habían bebido, y él podía susurrar sus sombras sin riesgo. Entonces me hablaba de la poesía de Salah Stétié en lengua árabe, o su francés libanés perfecto. O de los poetas habitantes del Tasawwuf: los sufíes, los hombres «puros» que portaban lana. Aunando la desnudez espiritual de su búsqueda al calor nacido de la rueca y el telar. Sufíes que devinieron derviches giróvagos en Kurdistán, la tierra que no existe, girando con el universo; de los que gozara su privilegio en Granada, en una noche de embrujo en el palacio Carlos V. Sufíes kurdos, como en Sarajevo. De nuevo, gente que existe más que nadie, pues están hechos del aire indestructible de la memoria, como Salman. Fundiendo ética e ideales espirituales, en una justicia perfecta para penetrar lo inasible, el Todo, o eso me susurraba Salman antes del postre, mientras giraba su dedo en el mantel blanco, recitando el Corán: "En verdad, aquellos que dan Bay’ah (promesa) a ti, (¡Oh, Muhammad!), están dando Bay’âh a Allâh. Y la mano de Allâh está sobre sus cabezas. Entonces, aquel que rompe su promesa, solo lo hace para su daño, y aquel que cumple lo que fue encomendado a Allâh será recompensado, con la mayor gracia". Y Salman lo decía con su pequeña sonrisa, y uno era incapaz de saber si creía sus palabras, o solo nos entretenía, como Rulfo. 

He oído que Salman es hoy un alto cargo en la diplomacia suiza. Muchas veces he recordado el brillo de sus ojos describiendo el Nowruz, las celebraciones del año nuevo kurdo que luego vería en los trajes coloristas de Tayikistán o Bishkek, Kyrgyzstan, y sus caballos de ojos enloquecidos por el esfuerzo en el Kok-Boru, deporte nacional, antes de volar las águilas. O en Acra, Irak, antes de la debacle. O los ancianos que pasaban sonriendo con gorras kurdas, y niños con cometas, en la miseria opiácea y arcillosa de Kabul; esa que hoy podría ser Siria. 

La memoria de fuego de mi amigo, el kurdo Salman.

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