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Cultura electoral

A JOSIAH Bartlet, el presidente ejemplar de los Estados Unidos que imaginase Aaron Sorkin en 'El ala oeste de la Casa Blanca' -una suerte de antítesis de 'El Príncipe' de Maquiavelo-, solían aconsejarle sus asesores que rebajase el tono intelectual de su discurso político y que abandonase sus reivindicaciones acerca de la relevancia de la educación. Al presidente perfecto, la cultura le daba quebraderos de cabeza. Incluso detentar un premio Nobel le era un inconveniente. Uno siempre ha creído que el modelo de campaña electoral norteamericano ya lo sintetizaba John Ford en la monumental 'El hombre que mató a Liberty Valance': grandilocuentes oradores-entrevistadores sobornados al mejor postor, vociferación visceral frente a argumentos racionales y, para rematar, una ensordecedora fanfarria patriótica con un cowboy irrumpiendo a caballo en la sala de debate y elaborando un número circense mientras ondea una bandera descomunal. España, con Pedro Sánchez como estandarte, prosigue su americanización electoral. De ahí que la Cultura -y también la Ciencia- no haya asomado apenas en encuentros, propuestas y comparecencias mediáticas; por lo general centradas en lo material, en lo falazmente pragmático -el pragmatismo tan americano-. O que, cuando lo haya hecho, se haya convertido en uno de los capítulos más bochornosos de estas fechas (Albert Rivera y Kant). Esto no solo sigue la estela de desmantelación en curso de las humanidades en el programa educativo -la erradicación del pensamiento crítico necesario para cuestionar sistemas socioeconómicos imperantes, el desprecio por los valores morales, el rechazo del patrimonio inmaterial-, sino que, devolviendo la discusión al terreno estrictamente materialista/liberal -el de las inefables 'marcas', el emprendimiento y el balance de cuentas-, supone un atropello sin paliativos a una estimable fuente de riqueza: según la Unesco, la Cultura representa más del 3% del PIB mundial y proporciona empleo a 29,5 millones de personas. En España, de acuerdo con datos ministeriales, las actividades culturales y vinculadas a la propiedad intelectual aportan el 3,4% del PIB y más de 485.000 puestos de trabajo.

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