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Una conversación

Coincido en el hipermercado con una amiga sanitaria. Protegidos por las mascarillas intercambiamos noticias de nuestras vidas, de las familias, de las amistades y del cansancio. La ciudadanía está agobiada, yo estoy fatigado, mi amiga está extenuada… Tratando de no ser pesimistas concordamos en que la pandemia ha entrado en la peligrosa etapa del desaliento, producto de la incomprensión y la falta de caminos seguros por los que llevar nuestros ánimos… Y enseguida descubrimos la dificultad que entraña ser vivaces y barajar satisfacciones a ras del suelo, a ras de la vida cotidiana de la gente anónima. De la nuestra.

Mi amiga dice y lleva razón, que la ciudadanía, en tiempos de zozobra, necesitamos banderines seguros tras los que alistarse. Necesitamos caminos firmes para transitar. Necesitamos solidaridad entre los dirigentes, espejos limpios en los que poder mirarnos cada mañana. Y estamos de acuerdo en la orfandad en que hemos caído y la vemos multiplicarse exponencialmente al analizar la situación general del mundo y la particular de España. Ambos respiramos hondo al ver marcharse cabreado de la Casa Blanca a Donald Trump, mientas su compañera le acompaña contenta y liberada. Nos indignamos con las noticias de los políticos abusones, quienes por todas las esquinas de nuestro país se han saltado las colas para vacunarse cuando aún no les correspondía.

Nos golpean las palabas de Trump amenazando con volver y yo tengo la sensación de que Joe Biden tiene poca cuerda y huele a sacristía, pero debemos acogerlo como una nueva esperanza mundial. A mi amiga su discurso le transmitió sosiego. El desasosiego entra en nuestro diálogo con otro presidente del día, Fernando López Mira, el de Murcia, quien se ha visto empujado a forzar la dimisión de su consejero de Sanidad pero no ha tenido empacho en afirmar que Manuel Villegas, prevaricador de vacunas, es un "político ejemplar e intachable". Si esos son sus valores, por qué lo arroja al averno, ironiza mi amiga. Y estamos de acuerdo en que Lázaro de Tormes anda suelto mientras la hipocresía trata de comerse las uvas del ciego.

Ella estudió ciencias y yo letras, sin embargo volvemos a coincidir al valorar el uso torticero que los políticos del día hacen del lenguaje. Ahí otro murciano entra en nuestra escena, Teodoro García Egea. Quien sin transición ha pasado de criticar a los alcaldes socialistas abusones de vacunas para justificar a su amigo Villegas. Quien metido en el galimatías del uso del toque de queda y las contradicciones del PP en sus comunidades, al ser preguntado reiteradamente por cuál sería la política global de su partido, ha respondido con una frase lapidaria: "Salvar vidas". Y se ha quedado tan satisfecho, tanto como su colega Isabel Díaz Ayuso. Ella, respecto de la misma cuestión, ha sentenciado: "No estoy dispuesta a destrozar la economía". ¿Se están contradiciendo? ¿Dónde acaba la vida y empieza la economía?

Dice mi amiga que los políticos roba-vacunas, además de desfachatez, ejemplarizan el miedo a las normas contra la pandemia, las que están obligados a aplicar. Digo yo, que las estadísticas y los titulares de prensa tienen para ellos más valor que las vidas mismas. Dice ella que le cansa la actualidad, la reiteración de los datos. Digo yo que nos estamos hundiendo en los lodos del cansancio. Y nos despedimos frente a línea de las ofertas del día.

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