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Solos ante el peligro

Ya nadie aplaude a nuestros sanitarios, tal vez solo queda un recuerdo de gratitud evanescente. El ser humano es desagradecido. Y mucho, a raudales. Olvida pronto, quebradizas amnesias voluntarias, taimadas y quizás, incluso, obstinadas. Hoy el españolito combina la hamaca y la vacación, mientras los hospitales empiezan a encender luces de alerta. Todos se han ido, todos nos hemos ido de vacaciones. Quizá si alguien las necesita son todo el personal sanitario que peleó en esa primera línea de la muerte y desesperación para tirar de hilos de vida. Ni un solo político, ni una sola institución, ni siquiera la más alta necesitan ni merecen esas vacaciones. Los políticos han desaparecido todos. Ahora, ya las comunidades autónomas están al frente de las decisiones ante la pandemia. Mucho se quejaron. Pero la realidad evidencia que también se improvisa. Y lo que es peor siguen faltando medios, decisiones y pulso.

El discurso sigue siendo pobre, raquítico e inexplicativo. No nos dicen la realidad. No la percibimos. No somos capaces quizá de digerirla, pero nos hurtan datos. Los medios dicen unas cifras y otras. Tan pronto se juega con unas cifras como con otras y se enmascara la cifra definitiva de fallecidos. Todo se envuelve en esa atmósfera plomiza que envuelve, cual neblina picuda, los datos reales y objetivos. Como hace meses faltan esas imágenes que se nos hurtaron. Siguen tratándonos como menores de edad. La regencia de los tutores ante pupilos inconscientes. Parece que ahora la culpa, siempre la pérfida culpa colectiva, es de todos nosotros, con nuestra irresponsabilidad supina y suprema y que propalamos, propagamos y espolvoreamos el viento vírico con nuestras actitudes y nuestra irresponsabilidad. Ciertamente, el comportamiento de muchos jóvenes, irresponsables y niñatos, envalentonados con la soberbia que solo procede la arrogancia adolescente y el no saber medir ni calibrar miedos y responsabilidad que solo la ignorancia aplaude, están provocados muchas situaciones de alarma real. Llegan momentos de fiestas que no lo son, pero de comilonas familiares que con virus o sin ellos, en este mediado agosto se llevan a cabo con tal displicencia y sobrellevanza de manjares que hace que nos olvidemos y bajemos la guardia. No hay terraza que no esté llena. Y colectivamente hemos preferido sol y playa, hamaca y mirar hacia otro lado aunque sea en las montañas más hermosas de este país y olvidar lo que ha pasado y la curva de septiembre y octubre que se antoja compleja, azarosa y con presagios de un otoño frío y deslucido. En el País Vasco ya se habla de segunda oleada, en otros lugares, cuna del sol y el esparcimiento solaz y desmadejado de las vacaciones merecidas o inmerecidas de casi todos, se nos dice en cambio que todo marcha bien y que solo hay brotes. ¿Quién miente? O en ese nuevo oráculo de las verdades epidemiológicas, qué es gris y qué es concepto como dice un tal señor Simón.

Nunca como hasta el presente, salvo por los silencios tonsurales y de monarcas, nos han ocultado la realidad de lo que sucede. Acaso, ¿no nos merecemos los españoles saber y conocer la realidad de lo que está pasando y las previsiones que los responsables políticos, en el estío solaz de sus vacaciones permanentes, tienen en estos momentos? ¿O es que ni ellos lo saben? Carpe diem o sálvese quién puede, que esto acaba siendo una lotería.

Solos ante el peligro