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Dolor inenarrable

EN MEDIO de la noche indolora, un lamento que nadie pudo escuchar. En medio de la frialdad del océano, un mar inhóspito y cobarde al mismo tiempo. En medio de la oscuridad mortuoria, a un kilómetro de las entrañas más insondables de la miseria del ser humano, un padre presuntamente arroja al precipicio del desgarro más cruel -el asesinato de dos hijos, de dos pequeñas inocentes- la vida truncada, la vida sesgada y arrebatada por el rencor, el odio, la visceralidad, la crueldad más desnuda. Dos seres diminutos, llenos de vida, llenos de luz en sus ojos, son arrojados de la alegría, de la ilusión, de la inocencia más pura por un padre.

Devastada una familia, una madre que pierde sin duda a los dos seres que más quería. Sangre de su sangre de un vientre a partir de ahora desgarrado de un dolor agudo y punzante que no detiene esa hemorragia de sensibilidades y lágrimas huérfanas. Ay mar de tragedias que robas por momentos cuerpos inermes. Nunca la maldad y la frialdad es tan abyecta como amputar la vida de dos hijas de un año y seis. No puede haber mayor ignominia. Solo por causar dolor y daño. Los sicólogos podrá definir y categorizar la sicopatía, el estado mental o la actuación de un padre. No es lógico, no es racional, no es humano. Es solo crueldad. No puede haber otro calificativo. Es maldad, es ruindad, es horror. Es inhumano.

En la soledad de la mar, en la bravura de su arena y su tierra sepultada a mil metros, dos cuerpecillos inermes, uno encontrado, el otro todavía no, apagaron su inocencia. Se la arrebataron. Un padre les arrebató esa mirada, esos ojos tan vívidos y a la vez alegres, inocentes, hermosamente angelicales de un niño.

No es el primer caso de un horror tan cruel y a la vez miserable. Los hemos visto, leído, llorado en otras ocasiones. Siempre una esperanza a la que aferrarse. Casi siempre el mismo final. El terror. El deseo irrefrenable de causar el mayor de los dolores al otro progenitor. En la mayoría de las ocasiones a la madre. Enterrar en vida el sentimiento, la angustia, el llanto inconsolable. El punzón que aprieta y agrieta el corazón día tras día. Imposible sobreponerse a esta tragedia que apenas el tiempo aplacará con su paso inmisericorde pero lógico. Tristeza perenne. ¡Cuánto dolor! Inenarrable. Incomprensible. Inconsolable. No puede haber desgarro más grande para una madre, para ese cordón roto en mil pedazos. Roto con alevosía, roto con furia, con rabia, con rencor, con solo el afán de causar, perpetuar, hundir ese dolor en el alma. Alma herida, rota, muerta. No hay consuelo ni palabras, pésames ni llantos que aminoren la herida permanente. No hay nada que justifique la vesania. Nada más abyecto que un padre rompa el ciclo y la lógica de la vida. Nada.

Todos hemos estado muy pendientes de estas dos pequeñas. Solo por un instante nos hemos podido situar en la mente de esa madre. Un instante porque la crueldad de esa cárcel que es el sentimiento roto bajo el silencio sepulcral y frío de una mar inhóspita que devuelve vidas y sueños amortajados es tan terrible que no podemos soportarlo ni siquiera imaginarlo.

Cuánto dolor, cuánta maldad, cuánta inocencia desgarrada y arrebatada. Qué barbarie inexplicable.

Dolor inenarrable
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