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Buscando casa


Sucede a veces que situados frente a una frivolidad, nos percatamos de que nuestro subconsciente va mucho más allá


JUSTO EN la esquina por la que pasábamos a diario camino de clase nada más salir de casa estaban en obras. "¡Van a abrir un nuevo Zara!", se escuchaba por el barrio. "¡De varias plantas!", repetían los entusiasmados. Así que esta apertura significó una visita obligada tipo exposición del Prado, no vaya a ser que la quiten. Rondábamos los dieciocho años. Atravesamos la puerta girando la cabeza casi trescientos sesenta grados para no perder detalle alguno. Tienda grande, ordenada…... Y de repente, un cartel. El que indica en qué planta se encuentra cada cosa. Y leo atenta cada una de las indicaciones hasta llegar a un "Planta 4. Zara Home". ¡Adiós morriña! ¡Gracias, Amancio! Alcé la voz lo suficiente como para que el vigilante de seguridad de la puerta me mirase. Una señora del barrio me obsequió con un "Cómo está la juventud". Y mi amiga y compañera de aventura me observaba con desaprobación. Ella no es gallega, así que no le presté ninguna atención. Insistió escaleras arriba que yo no estaba razonando. Insistió en que yo leyese de nuevo y reparase en que la planta tres era Zara Man. Que da igual, que será otra colección, pero Amancio ha decidido llamarle Zara Home a su planta de caballero, ¡sí!, qué gesto, qué delicadeza, qué manera de exportar nuestra lengua…Si es que…Todo este discurso espeté contra mi amiga extremeña mientras ella trataba de explicarme algo que yo no podía escuchar en aquel instante en que la vida me había dado una inyección de galeguidade.

Subimos a la cuarta planta por las escaleras, y observé entonces como en la tercera había ropa de chico. Pero no quise desanimarme. Cuando alcanzamos la última planta y entramos, mi amiga me cogió del hombro. "Te lo dije, gallega". Una cama de dos metros por dos metros cubierta de unos dieciséis cojines impedía mi paso. A su alrededor, una alfombra con un espesor que llegaba a mi espinilla. Enfrente, un estante con un amplio espejo. Y entonces me vi la cara. También la de mi acompañante, que no podía contener la risa y a la que le hubiera dado con un lomo de cerdo comebellotas de los campos de Badajoz en los dientes en ese instante. Zara Home. Inglés. Zara casa. La ropa de casa de Zara: cojines de todos los tamaños, mantas para el sofá de todos los estampados posibles, miles de cacharritos para el baño, tazas y vasos dignos de aquella exposición de museo de la que hablábamos. No, Amancio no había puesto un nombre gallego a su colección de ropa de hombre. No eran hombres, eran casas a las que se refería el empresario. Me sentí entonces cual Amélie en el bar Les deux Molins, cuando se deshace en agua. Cómo pudiste hacerme esto a mí.

No podía escuchar nada en aquel instante en que la vida me había dado una inyección de galeguidade

No me quedó más que tragarme las palabras, que sentir como un pinchazo cada uno de los 500 kilómetros que me separaban de casa, que tratar de recordar alguna conexión con Galicia que pudiera tener en la capital, que llamar a mi madre para desahogarme, que decirle a mi amiga que sí, que Amancio se había equivocado y yo también. Pero qué bonito habría sido decir un Zara, home… Y que la idea no era tan extraña, y que no entendía por qué ella no podía dejar de reírse mientras me cantaba Apaga o candil, canción que se había aprendido en su larga trayectoria de veranos en A Lanzada. Y mientras, yo trataba de buscar alguna alternativa, alguna firma, alguna marca que no hubiera traducido un buen nombre gallego. Y nada. Todo lo que pude hacer fue decirle que nos fuéramos a tomar algo al Compostela, un bar que teníamos debajo de casa. Me sentí mejor.

Pero desde ese día nació en mí una animadversión por los anglicismos que no tiene freno. Desde ese día, cada vez que el escaparate de Zara Home me busca para invitarme a comprar todo lo necesario para tener esa cama en casa, me entran ganas de reír, y en ocasiones, también de llorar. La sensación de lejanía, de soledad compartida, de buscar una casa en cualquier parte, tuvo uno de sus máximos exponentes en esa visita a Zara apenas recién emigrada. Era tal la búsqueda de apego, que quise pensar que una tienda gallega, con nombre gallego, me haría sentir en casa. Y entonces, creyendo que estaba ante el hombre, me encontré ante una casa, incluso, ante un hogar. Zara home, Zara Home.

Feliz Día de Galicia.


*Artículo publicado el 25 de julio de 2016 en la edición impresa

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