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Triunfan bastos

RAMÓN SALIÓ de casa en torno a las cuatro y media de la tarde. Como cada miércoles y como cada viernes. Lo hizo tranquilamente, arreglándose con calma después de haber comido y dirigiéndose después al garaje. En el coche, apenas veinte minutos de trayecto para llegar a la que se había convertido en una buena costumbre familiar. Se trataba de una aparente partida de cartas, jugaban mientras tomaban café y una vez terminaban un par de rondas, se daba por concluida la sesión. La casa donde se desarrollaban las timbas era la de los cuñados. Pero la mujer de Ramón nunca iba, a pesar de ser la casa de su hermano. La explicación era una trifulca que había sucedido años atrás entre ella y la mujer de su hermano, a la que desde entonces dejó de ver y nombrar.

Pero Ramón seguía con la rutina de las cartas, disfrutando con sus cuñados de las tardes de jubilados. Jamás se saltaba uno de aquellos encuentros. Y su mujer comprendía orgullosa que su marido se llevaba muy bien con su hermano y que era una suerte que mantuviesen un contacto tan fluido. Cuando Ramón llegaba a casa de vuelta, llamaba a su hermano para comentar también con él cómo había ido la tarde en la que ella no participaba.

Ramón era un buen jugador. De pareja, siempre tenía a un vecino de sus cuñados que acudía con la misma liturgia al café. En el bando contrario, el matrimonio anfitrión. Él era un hombre rudo, de poca sensibilidad y modos arrogantes, que estaba de prestado en la casa y en su matrimonio. Esta era la manera que su mujer tenía de explicar por qué no se había divorciado cuando su hija encontró un álbum de fotos en las que su padre aparecía con otras mujeres.

Alguien había elaborado una recopilación de infidelidades, y él insistía en no saber nada de todo aquello que apareció en el maletero de su coche. Pero ésta es otra historia.

Cuando Ramón se enteró de la que podía haber sido una magnífica exposición fotográfica sobre las costumbres sexuales del hombre pasados los sesenta, habló con su cuñada. Quiso hacerle ver que él entendía que siguiera su matrimonio porque también él vivía en una casa que no sentía como suya. La mujer de Ramón nunca había estado enamorada de él, o por lo menos, Ramón creía que nunca se lo había demostrado. Pero eran personas que creían en la alianza en el dedo para toda la vida, aunque el dedo tuviese grangrena.

Ramón se vio en el coche besándola como si de repente la vida hubiera girado las ruedas del tiempo como un boli bic rebobina un casete

A partir de esa pequeña charla, Ramón empezó a mirar a su cuñada de otra manera. Pensaba cada vez que se encontraban con el tapete verde de por medio que no entendía a su cuñado. A Ramón, ella le parecía una mujer muy interesante, capacitada para tener una conversación inteligente, con simpatía suficiente para hace reír y sonreír a pesar de lo hostil que se pusiera la partida. Y entonces, se ofreció para llevarla tras las cartas a su clase de gimnasia. Y sin saber ni cómo, Ramón se vio en el coche besándola como si de repente la vida hubiera girado las ruedas del tiempo como un boli bic rebobina un casete.

Ramón conoció el amor a los sesenta y cuatro años, recién jubilado tras una larga vida laboral al volante. Ramón se dio cuenta también de que no había conocido el sexo hasta ese momento. La historia de amor que surgió entre los cuñados era tan intensa que Ramón se veía obligado a contársela a cualquiera que no fuese de su entorno familiar. Esperaba con ansiedad que llegasen los días de cartas, y decidió junto a ella que su amor tenía que ser vivido en secreto, porque a sus edades y con sus trayectorias matrimoniales no merecía la pena hacerlo de otra manera. Pasaron del coche al hotel. Y Ramón jugaba cada vez peor a las cartas, que se habían convertido en un tedioso entretenimiento de espera.

Los cuñados disfrutaron unos cuantos años de su pasión, manteniendo  la  costumbre de la partida a cuatro, marido de ella incluido. Pero una mañana de miércoles Ramón se encontró mal y lo siguiente que recordó fue una cama de hospital.

Pasado el caos inicial, observó  que  llegaban  las  visitas. Y entonces apareció ella, junto a su marido y su hija. La mujer de  Ramón  se  echó  a  un  lado, mostrando que sabía aceptar el encuentro con aquella mujer a la que llevaba años sin ver debido a la gravedad del asunto. Ramón estaba sentado al borde de la cama y al acercarse ella, le dio el mismo beso que aquella tarde en el coche. Entonces, la mujer de Ramón y su hermano llamaron a la enfermera. Mientras, la hija sacó el móvil para hacer una foto: su madre también merecía un bonito álbum familiar.

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