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Tinta

"Yo lo dejaría ahora que puedes. De verdad. Es un campo horrible. Ondulante. Escribes y escribes, y entonces tienes que tirar la mayor parte de lo escrito porque no está a la altura"


LA CRÍTICA es una puta triste que te regala una sonrisa zarandeada para enseguida malversar tu ánimo a modo de venganza.

Uno comienza escribiendo por el "qué dirán", que no por vocación, como muchos aseguran a modo de latiguillo meramente prosaico y/o vanidoso. El escritor que se mete en el tema de las letras promueve el oficio sin darle mucha importancia al asunto. Otros, sin embargo, acogen la pluma entre pecho y espalda a modo de salvación, acodando su amargura en copas de absenta, o dicho de otra manera, entre lingotazo y lingotazo auscultan la realidad que les rodea, esa misma de la que desean escapar, para acto seguido empañar el papel de dimes y diretes y tinta atosigada, tonalidades que les ayudan a ir tirando para adelante y no morir en el intento de continuar sobreviviendo.

Los hay —literatos, me refiero— que compran una capa roja y negra y un peine en el todo a cien, y después de haberse adecentado los cabellos a imagen y semejanza de aquellos gentilhombres de mediados del S. XIX, intentan ser lo que no pueden tener, caminando grácilmente por las calles, mirando al frente cual señor que se sabe sempiterno, o como aquel individuo sin miga al que le trajo el viento un soplo de severo egocentrismo, y al que tuvieron que enterrar sus familiares más próximos con la cabeza bien erguida y los labios requiriendo presunción de hartazgo.

También está el poeta afectuoso que procura besos color carmesí o el tipo ese que recita bajo los soportales los días de lluvia. Al último se le reconoce enseguida porque suele pasear con una libreta con tapas negras en las que se hallan más de media docena de números de teléfono y varios sentimientos vinculados con su rebelde y ardiente juventud; versos con los intenta ser escuchado por las mozas del lugar, entre gestos de trovador que ve en el amor un sentimiento tan puro que jamás será correspondido por una mujer de carne y hueso, pero sí por un maniquí.

Cuentan que Philip Roth frecuentaba una tienda de alimentos en la que trabajaba Julian Tepper, que acababa de publicar su primera novela, Balls. Tepper, reconocido admirador de Roth, le regaló su libro y, por supuesto, le pidió consejo. Roth, moviéndose entre las aguas de la sinceridad, indicó:

"Yo lo dejaría ahora que puedes. De verdad. Es un campo horrible. Ondulante. Escribes y escribes, y entonces tienes que tirar la mayor parte de lo escrito porque no está a la altura. Yo te diría que lo dejases ahora. Estoy seguro de que no quieres hacerte esto a ti mismo".

Lo dicho, escribir para recibir palos.

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