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Mil besos prohibidos

LOS LIBROS han sido siempre una ventana al mundo. Y, en estos meses de confinamiento, una de las mejores medicinas que hemos podido consumir. Creo que he comentado alguna vez que he sido lectora tardía. De niña y adolescente devoraba libros por obligación, porque las materias escolares así lo exigían. Aun a riesgo de "coger manía" a esa actividad, porque siempre me he rebelado contra aquello que me ha sido impuesto, acabé siendo adicta a buscar aventuras en la lectura.

Durante la etapa universitaria, los libros que formaban parte de mi hábitat diario estaban casi todos relacionados con el periodismo. Muchos de ellos, por no decir todos, los conservo y han sobrevivido a los años y las mudanzas. Es hoy el día en el que no es raro que recurra a ellos para alguna consulta o refrescar la memoria ante la duda de algo que se me escapa.

Y ¡cómo no! me habría encantado tener la habilidad, ingenio o imaginación para escribir un libro. Me rindo ante los que saben construir una historia y desarrollarla en cientos de páginas. Tiendo a pensar que mi adicción a las novelas, que es lo que más leo junto con las biografías, se debe —en el fondo— a la posibilidad de adquirir conocimientos para ver si se activan mis resortes y puedo conseguir algo similar alguna vez. Pero me da que no.

Muchas veces me han dicho que debería escribir un libro con las anécdotas vividas a lo largo de estos años. La verdad es que material tengo para varios tomos, porque ¡por fortuna! he tenido una vida profesional muy rica en ellas. Sin embargo, posiblemente las cosas que más interesarían al lector son aquellas que hace tiempo decidí dejar para mí. Digamos que es el cajón de emociones de lo vivido con cada uno de los personajes y que, en la mayoría de los casos, son confidencias o vivencias que se quedan entre nosotros. Tal vez, actuar así, es lo que me sigue permitiendo que muchos de ellos sean amigos y cómplices, al margen de objetivos profesionales.

Uno de los libros que más me ha capturado estos días es Mil besos prohibidos de Sonsoles Ónega. En los genes lleva el talento periodístico y nos une, al margen de la profesión, la sangre gallega de nuestras venas. Escribe de una forma que incita a la envidia. Fue una brillante cronista parlamentaria y ahora, al margen de una solvencia incuestionable como periodista en televisión, Sonsoles sigue demostrando que escribir es lo suyo. Hace natural lo que es laborioso.

Mil besos prohibidos nos habla de la fuerza de la pasión, de los amores de los que no se puede —ni quiere— escapar. Casualidad, complicidad, deseo, la espera, el destino. Ingredientes explosivos en una historia que solo el tiempo será capaz de sentenciar. No en vano es el único que puede sellar de manera extraordinaria los epílogos de una pasión.

Mil besos prohibidos
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