Opinión

92: el año de España

El mundo giró aquel año y detuvo su mirada sobre nosotros. El país se hizo notar en los ámbitos de la cultura, el deporte, la creatividad, etc., con una impresionante movilización de recursos humanos y materiales que dieron protagonismo a aquella España recuperada para la democracia en 1978 a la que tantos detractores le han salido treinta años después. Lo siento por ellos, pero es obligada la cita: "Sintámonos orgullosos porque en 1992 hemos lanzado al mundo un lenguaje abierto y positivo", dijo el rey Juan Carlos en su tradicional discurso del 24 de diciembre.

Fue la culminación de una década prodigiosa que vino políticamente apadrinada por un PSOE exento de rencores guerracivilistas, gracias a una generación irrepetible de dirigentes vascos, andaluces y catalanes, básicamente, fieles a unas siglas cosidas a la historia de España (Felipe González, Alfonso Guerra, Nicolás Redondo, Javier Solana, Pablo Castellanos, Ernest Lluch, Joaquín
Leguina, Txiki Benegas...), que ganaron en las urnas (octubre 82) el derecho a mejorar la vida de un pueblo con hambre atrasada de bienestar y de libertades. Y así entramos en la ‘modernidad’, según el generalizado mantra sobre lo ocurrido en aquel inolvidable 1992. De repente, España se había puesto de moda.

La Barcelona de los Juegos Olímpicos, la Sevilla del V Centenario del Descubrimiento de América, el Ave, el saneamiento económico, la consolidación de las instituciones de 1978 y la reinserción internacional que ya había comenzado con la entrada de España en la Otan y en la Comunidad Económica Europea. Pero el presentismo acecha como una de las trampas de la memoria. Aunque el dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor nos puede jugar una mala pasada, creo que no es el caso en lo referido a los dos grandes acontecimientos de aquel año.

El de los JJ.OO. nos conduce a las absurdas reticencias tribales que surgirían hoy en día (véase el fiasco de los frustrados Juegos de Invierno de CataluñaAragón) si volviera a plantearse un acontecimiento parecido al que cambió la cara de Barcelona y puso en el mapamundi a la capital catalana. Y en cuanto al V Centenario, no me imagino a un Gobierno español contemporáneo capaz de volver a reunir a aquellos diecinueve presidentes que participaron en la II Cumbre Iberoamericana potenciando la imagen de España en el mundo, acelerando el acercamiento de países hermanos de lengua y de historia, y avanzando en la construcción de una Comunidad Iberoamericana de Naciones, con decisivos programas de recuperación del patrimonio histórico y artístico a uno y otro lado del Atlántico y la promoción del español como lengua.

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