Opinión

Más precio, menos tapa

Llevamos al menos dos años con el corazón en un puño debido a la inflación. Esta okupa se ha colado en nuestros hogares. Se ha sentado a nuestra mesa. Pero le hemos enseñado modales y desde hace unos meses se está comportando como es debido. Incluso presumimos por Europa de su buena educación, aunque haya entendidos que no lo quieran ver. A la que aún no hemos metido en vereda es a su hermana, la subyacente, la que no necesita de la energía y los alimentos para meternos un rejonazo. Yo no escapo a esa preocupación.

Pero me sorprende que estamos pasando de puntillas por una prima de estas diablesas, la reduflación. Esa que a la chita callando reduce el peso del producto y mantiene, cuando no lo sube, su precio. De eso entienden muy bien dos actores de nuestras vidas. Por una parte, algunas compañías de distribución, que han quitado lonchas de embutido de las bandejas o han gibarizado los envases de los bebibles. Por otra parte, algunos de nuestros bares. La subida de la copa de vino o de la caña de cerveza ha sido directamente proporcional a la merma de la tapa. Del pincho hace tiempo que no tenemos noticias. ¿Por qué lo llamamos inflación cuando a lo mejor queremos decir reduflación?

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