Opinión

¡Acabemos con el comercio de proximidad!

HE BAJADO a comprar plátanos a la frutería que hay a la vuelta de la esquina. También he comprado un par de mangos y varios pomelos que mi daltonismo confundió con naranjas. No me habría ocurrido eso de haber realizado un pedido online.

A mi casa la separan doscientos metros de la frutería. Se trata de una zona en la que abundan las pequeñas tiendas y los establecimientos familiares. Aquí al lado, en apenas dos o tres calles, hay tres panaderías, la frutería, una pescadería, una carnicería, una clínica veterinaria, una ferretería, dos mercerías, tres peluquerías, una tienda de alfombras, otra de informática, una librería, dos joyerías, dos perfumerías, dos confiterías, una tienda de material eléctrico, otra de pinturas y revestimientos, un estanco, tres o cuatro restaurantes, una tienda de lencería, otra de ropa, una docena de bares, una sociedad cultural, una papelería, una clínica dental, un locutorio y una tienda de ultramarinos donde siempre hay productos frescos, como un mercado de abastos en miniatura. Todo ello se encuentra a menos de un minuto a pie desde mi casa. Más allá de esa frontera, el mundo es otro. Lo decía la vidente Florita Almada en la novela 2666 de Roberto Bolaño: "Cada cien metros el mundo cambia (...). Eso de que hay lugares iguales a otros es mentira. El mundo es un temblor".

Durante los últimos años, en la zona han cerrado algunos establecimientos de ese estilo. Por el barrio se ven locales que algún día fueron un negocio familiar y hoy tienen la persiana echada. Cada vez aparecen más carteles ofreciendo su venta o su alquiler. Recuerdo que, al doblar la esquina, había otra frutería, una colchonería, una tienda de cosmética y, al lado de esta, otra en la que vendían prendas básicas, como camisetas y pantalones, pero también pijamas y batas. Entré en un par de ocasiones a comprar bodis para mis hijas, cuando eran bebés, porque la ropa interior de los grandes almacenes les provocaba reacciones cutáneas. El trato de los propietarios era amable y cercano. Siempre ofrecían a sus clientes la posibilidad de hacer los arreglos necesarios a las prendas sin incremento en el precio, lo que me parecía un detalle muy generoso.

En el lugar que antes ocupaba esa tienda, ahora hay un local de bollería y pastelería que pertenece a una cadena. Lo mismo ha ocurrido con una antigua taberna que resistía frente a la iglesia desde hacía décadas, hasta que ha sido adquirida por una conocida marca que sirve comida para llevar. Y a mí eso me parece muy bien. El barrio se moderniza gracias a esos nuevos rótulos, se vuelve más cosmopolita. Es más cool, en la calle hay más lucecitas y uno dispone de más sitios donde posar para Instagram. Hay quien juzga contraproducente que las franquicias y las grandes cadenas sustituyan a los pequeños negocios de la zona, alegando que la comunidad se deshumaniza y el dinero se marcha fuera, ya que los proveedores y los propietarios son de otro lugar, pero seamos realistas: trabaje uno en una tienda familiar o en una cadena de cafeterías, ¡cobrará igualmente su sueldo! ¿Qué importa de dónde sea el proveedor?

Hoy en día, además, ni siquiera es necesario salir de casa para comprar. Todo se puede adquirir online. Y si lo encargas a algún continente lejano, incluso te puede salir mejor de precio que si lo compras tú mismo en la tienda de la esquina. ¡Que se espabile el proveedor local si pretende competir con eso! Esos productos se reciben, se almacenan en una central y después se envían a sus correspondientes destinatarios. Y si eso provoca que, a la larga, cierren más tiendas pequeñas en la ciudad, la solución es sencilla: seguir comprando online. Comprar todo por internet reduciría los gastos de envío y abarataría los precios. ¡Conviene renunciar cuanto antes al comercio de proximidad!

Naturalmente, eso causaría el cierre de todas las tiendas de la ciudad, grandes o pequeñas, pero seguiríamos disponiendo de la posibilidad de comprar online. No habría apenas lugares donde trabajar, la mayoría de la población se dedicaría al reparto, ¡pero con todas las ventajas de comprar por internet! Mucha gente con aspiraciones laborales abandonaría la ciudad para ir a trabajar al almacén de la gran central. Los repartidores de alimentos llevarían las pechugas de pollo a las viviendas de los repartidores de prendas de ropa. Puede parecer distópico, pero el ser humano siempre se ha adaptado a las circunstancias.

¿Quién necesita bajar a comprar a la tienda de la esquina, pudiendo pedir online cualquier producto? Puede que las calles acaben vacías, que no haya establecimientos abiertos, que las siguientes generaciones se tengan que mudar porque en las ciudades apenas viva ya nadie. El mundo dejaría de cambiar cada cien metros para ser un páramo uniforme, exactamente igual en todas partes. ¡Pero qué importa eso cuando uno puede pedir online unos plátanos o unos bodis de bebé y ahorrarse así unos céntimos!

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