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Sánchez y su campo de minas

TIENEN RAZÓN los que, en el PSOE, dicen que Sánchez no tiene ni un día tranquilo. Realmente, el candidato socialista a La Moncloa camina sobre un campo de minas que es en lo que, poco a poco, se está convirtiendo su partido. ¿Quien iba a decir que el pacífico Ximo Puig, junto con sus colegas de Baleares y Aragón iban a poner en un brete al secretario general? ¿En qué cabeza medianamente organizada podía entrar la hipótesis de que a escasas fechas de unas elecciones algunos barones iban a colocar a su partido en la primera página de los periódicos por el motivo que lo han hecho? Se puede alegar, y con razón, que esto ha ocurrido porque Sánchez no es percibido por buena parte de su propio partido como un líder con autoridad al que, además, dan por amortizado. Aunque esto sea así, hay otro factor que debería ponerse encima de la mesa que no es otro que el principio de oportunidad e incluso de lealtad, no ya con el líder, sino con las siglas. Si a Sánchez le salen mal las cosas el 26J el será el principal responsable político, pero no el único.

Aún en el supuesto de que Sánchez tuviera su casa en paz y orden, que es mucho suponer, es obvio que lo tiene todo muy difícil: los constantes movimientos de Iglesias destinados, sobre todo, a cargarse al PSOE, el desconcierto que reina en buena parte del electorado socialista, la más que probable desmovilización del llamado 'electorado natural' y la necesidad de realizar una campaña que atienda a dos frentes como son el PP y el tándem Iglesias-Garzón, ya son por sí mismas circunstancias muy difíciles de sortear y muy difíciles de gestionar. Si a esto se añade la percepción de que en el PSOE cada cual comienza a hacer y a decir lo que le dé la gana se entiende perfectamente que más de uno en Ferraz camine casi sin aliento. Son muchos los socialistas indignados con Podemos, pero no estaría mal que aceptaran algo tan objetivo como que gracias a los acuerdos alcanzados con el partido de Pablo Iglesias en autonomías y ayuntamientos, el líder de Podemos se permita hoy lujos que de ninguna de las maneras el PSOE puede aceptar.

Quizás para intentar conjurar esta confusa melodía, Sánchez se ha lanzado a la política de fichajes de manera que Margarita Robles, magistrada y ex secretaria de Estado con Juan Alberto Belloch cuando este fue titular del ministerio de Justicia e Interior –hace veinte años de esto–, será la número dos por Madrid y Josep Borrell virtual ministro. Habrá más nombres y algunos de ellos es posible que causen más de una sorpresa. No deja de ser curioso que tanto Podemos como PSOE tiren de nombres que no indican el llamado cambio generacional. Ahí están Manuela Carmena, el ex JEMAD Jose Julio Rodríguez, y ahora vuelven Margarita Robles y Josep Borrell, ambos buenos profesionales, con experiencia. Objetivamente son buenos fichajes, otra cosa es cómo se digiera esto en el seno del PSOE cuyas federaciones carecen, al menos aparentemente, del más mínimo poder de influencia.

El PSOE es para Pedro Sánchez un auténtico campo de minas y al punto al que están llegando las cosas, el reto, además del electoral, es que el PSOE se encuentre a sí mismo y sea para todos los ciudadanos un partido reconocible por sí mismo.

Sánchez y su campo de minas
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