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Viajar a India

VA ENTRANDO el verano. La política se derretirá como un helado en la boca de un niño en la playa frente al mar. En cada artículo voy a llevarles de viaje, porque quizás, se planteen acudir a alguno de estos lugares. Comencemos por la India. Antes de emprender un viaje primero se viaja con la imaginación y luego con los ojos, el tacto, el oído y el olor. La poesía es el recuerdo que se imanta en la mente al volver, mezclando lo soñado con lo vivido. Antes llegar a Nueva Delhi, la India era un colorido mosaico poblado por elefantes, Buda, Gandhi, el Yoga, templos en las montañas y arroz con curry. Pero la realidad se impone. India es el tercer mundo. Lo único que encontré en las calles de Delhi fueron muertos hacinados en las aceras, vacas y ovejas en la carretera, taxis, autobuses y bicicletas en un magnífico caos absoluto. Lo que más me atravesó el alma fue contemplar a una niña pedir limosna con un bebé muerto sobre sus hombros. Delhi destaca por sus templos llenos de monos que corren por sus muros, hermosas y silenciosas mezquitas donde solo se escucha el susurro del agua del estanque central y los olores a cúrcuma y pimienta que impregnan el aire en las calles. Tras dejar Delhi visité Agra. Una pequeña ciudad llena de comercios con un solo camino repleto de gente llegada de toda la geografía hindú para contemplar el Taj Mahal. El monumento arquitectónico más impresionante jamás visto. El monumento al amor. Para entrar en su recinto hay que pasar por arcos y pasadizos, formidables en su diseño milenario, hasta llegar a un largo estanque que se extiende en línea recta rodeado de jardines. Al fondo, suspendido en el aire y en el tiempo, aparece blanco y fantasmagórico el Taj Mahal. No se si usted conoce el síndrome de Stendhal que les sucede a aquellos que contemplan la grandiosidad de la belleza quedando abortos y fundidos por lo que perciben. Eso me sucedió. Dentro del Taj Mahal se impone la penumbra, el silencio y tan solo se permite pasear dando vueltas y vueltas en círculo sobre la tumba de los dos amantes. Al salir de Agra, y tras unas breves horas en Jaipur, la ciudad rosa, tomé rumbo a Benarés. Con las primeras luces del alba alumbrando en el horizonte y entre destellos azulados recorrí sus calles con el objetivo de llegar a las orillas del río Ganges. Las calles de Benarés huelen a mierda de vaca, porque los hindúes impregnan sus fachadas con esta pintura orgánica para atraer la buena suerte. El sol sale por el horizonte y deja una estela luminosa sobre el agua del río donde miles de peregrinos llegan de todas las partes de la India para adentrarse en su interior y meditar, mientras comienzan a arder cientos de pilas fúnebres y el olor de los cuerpos quemados se mezcla en el aire. Yoguis sentados en los márgenes del río con barbas coloridas, antiguos hippies de los años sesenta deambulando completamente idos. Moribundos que exhalan su último aliento en cualquier esquina porque han recorrido miles de kilómetros precisamente para eso. Para morir en Benarés. Una de las tradiciones más hermosas es realizar una ofrenda a Ganga, la diosa del río, depositando cestas con flores sobre sus aguas. Flores que el río se lleva lentamente. Miles de flores surcan las aguas y yo deposito la mía mientras navegamos en una chalana de madera sobre el río y el sol, imponente, absoluto y eterno se alza al amanecer.

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