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Anatomía del Sistema Político español

HISTÓRICAMENTE, NUESTRO país estuvo dividido en cuatro ejes bien diferenciados que son la base de la estructura política del estado y fuente de todos los debates actuales. El eje religioso-laico y el eje republicano-monárquico. Además de estos dos ejes, figuran en nuestro mapa el eje izquierda-derecha y el eje nacionalismo central-nacionalismo periférico. Los ejes políticos son fracturas sociales o cleavages analizados por los autores Lipset y Rokkan en Ciencia Política como las causas de las confrontaciones sociales dentro de una sociedad.

Los dos primeros fueron los predominantes durante la primera mitad del siglo XX en nuestro país y desembocaron en la guerra civil española. Con la victoria del bando nacional y la posterior instauración del régimen de franco los ejes católico-monárquico se impusieron en la cultura política hasta la transición. La monarquía se implantó como forma de gobierno en la jefatura del estado y el catolicismo se plasmó en la aconfesionalidad tras la constitución.

La victoria del bando nacional que impuso el nacionalismo español y la supresión de cualquier diferenciación cultural o lingüística fue posteriormente corregida por la transición mediante la implantación de las Comunidades Autónomas y los Estatutos de Autonomía, concediendo la descentralización estatal para dar respuesta a las demandas de las nacionalidades históricas.

Parece que ya nadie discute que nuestro estado sea aconfesional y no laico. Parece que ya nadie discute que el estado sea monárquico y no una república o un sistema presidencialista democrático. Son debates que están fuera de las agendas políticas porque la sociedad no las percibe como demandas urgentes. No obstante, la tensión izquierda-derecha que latía con fuerza durante los años ochenta estuvo profundamente anestesiada durante las etapas de Aznar y Zapatero, coincidiendo con una época de bonanza económica y el proclamado fin de las ideologías de Francis Fukuyama. El materialismo logró triunfar, porque la sociedad percibió que más allá de los debates ideológicos lo que prevalece es la importancia de la generación de empleo, el poder adquisitivo para comprar un coche, una casa y disfrutar del ocio.

Todo estalló por los aires en el año 2008 cuando se pinchó la burbuja inmobiliaria. Pero esa burbuja no solo era inmobiliaria. Era una burbuja mental en la que vivíamos pensando en el slogan de Aznar: "España va bien". La crisis económica evidenció que España vivía exclusivamente del ladrillo y el turismo. Al caer el ladrillo solo nos quedó el turismo. Un sector precario y estacional. El PSOE y el PP, los dos partidos históricos que gobernaron España desde los inicios de la democracia se homogenizaron y se quedaron sin respuestas ante la crisis económica porque la socialdemocracia abandonó el socialismo y se abrazó al neoliberalismo económico que promulga la desaparición del estado del bienestar mediante la privatización de los servicios públicos que es la ideología conservadora del PP.

La crisis económica evidenció que España vivía exclusivamente del ladrillo y el turismo. Al caer el ladrillo solo nos quedó el turismo. Un sector precario y estacional

El 15-M puso de manifiesto las contradicciones de nuestro sistema. España es una democracia joven y sufrió los padecimientos de las jóvenes democracias cuando el sistema político se funde con los partidos políticos dando lugar a la corrupción. La aparición de Podemos o Ciudadanos fueron las naturales expresiones sociales para recuperar, por una parte, los valores sociales del socialismo, y por la otra, los valores conservadores del liberalismo económico tradicional.

Se volvió a abrir el eje izquierda-derecha como explicación de la confrontación política y surgió la gran pregunta: ¿Cómo salimos de la crisis? El Socialismo apostó por la inversión pública y la estimulación de la demanda a través del incremento de los salarios (Obama, Iglesias, Sánchez). El conservadurismo, la derecha, apostó por el ahorro para sanear la economía y pagar la deuda externa que imposibilita dedicar recursos públicos a la sociedad (Merkel, Draghi, Rajoy, Casado). Entre tanto, el nacionalismo periférico, Cataluña, se alzó contra el estado enarbolando viejas consignas como patria, bandera, nación y pueblo.

Y en esas estábamos, hasta que de pronto, el nacionalismo periférico despertó al monstruo del nacionalismo central. Surge VOX, extrema derecha declarada y el PP vira cada vez más a la derecha nacionalista. Brotan los fachas por doquier. Unos con la bandera catalana, otros con la bandera española, mismos personajes con diferentes colores. Vuelven los viejos ejes de confrontación ideológica. Entre tanto en Francia los chalecos amarillos son la expresión social en la que debemos mirarnos como espejo. Allí salen a la calle porque la subida de los impuestos a los carburantes no hace más que ahogar la precaria economía de los ciudadanos que es la misma precaria economía de los españoles, italianos o griegos.

Si te pagan, con suerte, 1.300 euros al mes y el piso te cuesta 800 o 900 euros como ocurre en las grandes capitales como Madrid o Barcelona por culpa de la especulación inmobiliaria vives con 400 euros para comer, que es trabajar para sobrevivir. Si tienes que pagar escuela, guardería, coche para desplazarte, sumado a gastos de luz, agua, internet y calefacción no te queda nada. Ni para viajar, ni para ocio, ni para cultura. Y que no tengas que ir al dentista porque te arruinas.

Ahora mismo el sistema político español pasó del bipartidismo al multipartidismo y en el futuro no quedará más remedio que saber pactar entre ideologías opuestas, pero preocupa, que en el debate público tanto en Cataluña como en resto de España solo hablemos de banderas y patrias cuando los problemas reales son otros bien distintos. El debate patriótico de pertenencia a nación, pueblo o bandera no puede sustituir al debate social. Somos ciudadanos de la Unión Europea y nuestros problemas son llegar a fin de mes, generar empleos y crear empresas. La calidad de vida, la soberanía, no es una bandera colgada en un balcón. Es la independencia de poder pagar guarderías, escuelas, medicinas, centros para mayores y disfrutar de una vida digna. El derecho más importante por el que debemos luchar en nuestros días es el Derecho a la Vivienda. Se debe establecer un precio por metro cuadrado con un mínimo de 400 euros y un máximo de 1.000 euros por alquiler porque la vivienda es un bien fundamental protegido por la constitución que además, promulga evitar la especulación. Si regulamos el precio de la vivienda tendremos más poder adquisitivo y nuestra calidad vida mejorará. Ese es el gran reto y la gran demanda política de nuestros días por encima de cualquier otro debate. Y lo único que hace falta para ello es cumplir con la Constitución Española que garantiza ese derecho, por eso, cualquier especulación sobre el precio de una vivienda debería ser inconstitucional por naturaleza.

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