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Barça-Madrid

 

PARA BORGES un clásico es un libro que se lee con previo fervor y misteriosa lealtad. En el albor del mes de febrero, mientras el frío invade los callejones de las ciudades carcomidas por la humedad y las lluvias incesantes del invierno riegan las tierras del campo se presentan tres citas ineludibles para cualquier amante de los impredecibles vaivenes de la esfera.

Tres partidos de fútbol donde los nuevos gladiadores posmodernos medirán fuerzas y habilidades sobre el pasto de los coliseos. Patricios, tribunos y plebeyos corearán los nombres de sus ídolos, aplaudirán sus gestas o clamarán ante los dioses si la derrota se impone tras el pitido final mancillando el honor del escudo venerado. Desde los aledaños del estadio, desde los pueblos lejanos, desde las ciudades de medio mundo, millones de espectadores observarán atentos el lance entre las dos escuadras antagónicas a través de las pantallas del televisor desde sus casas o sobre la barra de cualquier bar mientras el camarero abre el grifo de la cebada que se verterá dorada y espumosa sobre el cristal en copa ancha, cáliz de la victoria.

La historia del clásico trasciende el deporte. Se trata de una lucha antagónica entre las dos Españas, que tras la guerra civil de 1936, sustituyeron los fusiles por el cuero, la trinchera por la hierba y la frontera por la red. Nada más plurinacional que el Barcelona, representando su catalanidad, la España diversa, republicana, progresista y de izquierdas. Nada más nacionalista que el Real Madrid, representando la centralidad, la España homogénea, monárquica, conservadora y de derechas.

Sobre los coliseos catalanes y madrileños han desfilado auténticos héroes griegos que pertenecen al olimpo del imaginario colectivo. Samitier, Basora, Segarra, Ramallets, Kubala, Luis Suárez, Migueli, Rexach, Quini, Neeskens, Maradona, Cruyff, Romario, Laudrup, Stoichcov, Koeman, Ronaldo, Figo, Rivaldo, Ronaldinho, Eto´o, Deco, Xavi, Iniesta y Henry como blaugranas. Puskás, Di Stéfano, Santillana, Gento, Hugo Sánchez, Zidane, Raúl y Cristiano Ronaldo como merengues.

La historia del clásico trasciende el deporte. Se trata de una lucha antagónica entre las dos Españas, que tras la guerra civil de 1936, sustituyeron los fusiles por el cuero, la trinchera por la hierba y la frontera por la red

El mito se compone de vivencias imantadas en el imaginario colectivo, sucesos que marcan un antes y un después en la historia. Habría que señalar a la Quinta del Buitre como la bandada de pájaros con más garra y pundonor de la historia del Madrid. Habría que señalar la llegada del tulipán de Ámsterdam, Johan Cruyff, como auténtico druida y gurú, punto de inflexión en la historia del juego del Barcelona, desde aquella y para siempre, vinculado a la escuela holandesa de la naranja mecánica. El juego del Barcelona es el juego del toque, el orden, el baile, la danza, la coreografía. El juego del Madrid es el juego de la fuerza, del galope, la energía.

Añoramos los tiempos de Mendoza y Núñez, esos presidentes de la vieja guardia, cascados por el tiempo, el puro, la corbata y los negocios, que más que gestores eran forofos, como Gaspart. Añoramos los tiempos del Dream Team y sus ligas en el último segundo.

Los barcelonistas admitimos la derrota pero jamás admitiremos no jugar bien. Pero si hubo un momento culmen, cénit entre ambos bastiones, fueron los clásicos entre Guardiola y Mouriño. Pura antagonía filosófica llevada al extremo. Ataque versus contragolpe. Solidaridad contra Darwinismo. Socialismo contra Capitalismo. Un eco paradigmático de estilos contrapuestos entre las viejas academias Holandesa e Italiana.

Ahora mismo Messi acaricia el balón. Se desvela por las noches imaginando un galope electrizante del saxofonista Dembelé a pase de billar de Busquets, mientras realiza un centro imposible que remata de cabeza el águila voraz Suárez y se estrella en el larguero para que el balón salga despedido por los aires hasta que lo recoge Messi como un guante y desde fuera del área, dispara un zurdazo imposible como un misil clavándolo por la escuadra en una parábola perfecta sobre la red.

Se convertirá en otra imagen más del álbum fotográfico que leeremos con reverencia y lealtad, como decía Borges, en ese libro escrito por blancos y blaugranas a lo largo de los tiempos. Un libro que los consumidores de utopías denominarán, clásico.

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