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Defender la presunción de inocencia

 

DOCE HOMBRES sin piedad es una obra dramática escrita por el autor estadounidense Reginald Rose que posteriormente llevó al cine Sidney Lumet en 1957. Doce miembros de un jurado deben juzgar a un adolescente acusado de haber matado a su padre. Todos, menos uno, están convencidos de la culpabilidad del acusado. El que disiente intenta con sus razonamientos introducir en el debate una duda razonable que haga recapacitar a sus compañeros para que cambien el sentido de su voto y no se precipiten en su juicio, porque si existe una duda razonable, solo una, sobre la posible inocencia del acusado, no se le puede declarar culpable. Al igual que en la mayoría de los casos penales en Estados Unidos los doce hombres deben adoptar su decisión por unanimidad sobre un veredicto: "culpable" o "no culpable". Al jurado se le indica además, que un veredicto de culpabilidad conllevará necesariamente una sentencia de muerte. Los doce pasan a la sala para deliberar. Varios de los miembros del jurado tienen diferentes razones para mantener prejuicios en contra del imputado: raza, origen, clase social. Todos están de acuerdo en la condena, menos uno. Esta película constituye una obra maestra del cine contemporáneo que se debería proyectar en todas las escuelas, facultades de Derecho y Periodismo en todo el mundo. Ahora que comienza el proceso judicial contra los políticos presos empezarán también las valoraciones previas, las opiniones periodísticas, los juicios populares y los debates sociales sobre la inocencia o la culpabilidad de los acusados pero lo que se juzgará realmente en última instancia es, ni más ni menos, si un territorio que forma parte de un Estado puede convocar un Referéndum para la independencia del Estado del cual forma parte y se juzgará en todo caso cual es la población que ostenta la soberanía para ejercer ese derecho. Este jurado estará compuesto por siete jueces que deberán ser muy fuertes para aguantar la presión mediática, social y política a la que se verán sometidos. Porque no nos engañemos, este es un juicio político. Un proceso de orden constitucional cuya finalidad es hacer efectivo el principio de responsabilidad de los funcionarios públicos del Estado. Todo acabará en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo y será, esa última sentencia, la que fortalecerá el concepto clásico de Estado Nación, o bien, abrirá la vía legal para que múltlipes territorios en todo el mundo eligan el Referéndum como ejercicio de Autodeterminación e Independecia para constituirse en Estados, lo cual, supondrá abrir la caja de pandora para que comiencen a brotar como setas Estados independientes por todos los continentes. Un contrasentido en estos tiempos de universalización de la comunicación humana y la creación de Organizaciones Internacionales como la Unión Europea, cuyo espítitu fundacional es, precisamente, superar el concepto mental y jurídico del Estado para generar una conciencia Ciudadana Europea Universal y evitar en el futuro los conflictos entre los estados nación, donde cientos de millones de personas inocentes perdieron la vida durante las dos guerras mundiales del siglo XX. La gran pregunta es, ¿habrá una sola duda razonable que evite su culpabilidad?

 

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