Opinión

Gracias a Franco Battiato

Con el tiempo fui creciendo y el amor por la cultura greco latina heredada de las clases de latín de mi abuelo me las siguió impartiendo Franco Battiato con cada disco
EL MAESTRO ya forma parte del olimpo de los dioses. Ha cruzado la otra orilla. El misterio insondable. Crecí escuchando a Battiato. Mi abuelo Ramón Vigo, profesor de latín y griego en Pontevedra, impartía clases en mi casa. Una casa que se convertía en una academia donde acudían alumnos de toda Galicia y hasta de Madrid para aprender latín. Traducía textos de Séneca al castellano tecleando con su vieja máquina de escribir Olivetti mientras escuchaba las canciones del músico siciliano. Otra vida, Perspectiva Nevsky o Nómadas, fueron melodías que formaron parte de mi infancia. Recuerdo a mi abuelo sentado en bata por las mañanas, saboreando lentamente su taza de café, mientras escribía en latín sus textos. Esa música representa la banda sonora que me lleva siempre al paisaje de la niñez y al hogar. Mas adelante, en la adolescencia, escuchábamos sus canciones en el coche cuando realizábamos algún viaje. Mi tío César introducía aquel viejo casete de Battiato en el Citroën y las letras de la música italiana me hacían sentir una especie de elevación, una epifanía hacía otro tiempo o lugar. E ti vengo a cercare, L´animale, Risveglio de primavera, La estación de los amores. Con el tiempo fui creciendo y el amor por la cultura greco latina heredada de las clases de latín de mi abuelo me las siguió impartiendo Franco Battiato con cada disco. La juventud en Santiago de Compostela mientras estudiaba Ciencias Políticas la acompañaba con la música del maestro que me transportaba a los puertos fenicios, oriente, el mediterráneo, Egipto, Roma o aprendía lecciones de sufi smo, budismo, meditación, relatos de la antigua Grecia, mitos como la Atlántida o me deleitaba en los momentos de soledad cuando necesitaba consuelo con sus Sagradas sinfonías del tiempo. Ya en la edad adulta y trabajando en Barcelona el conocimiento de Battiato como icono de las letras y la cultura italiana, no solo de la música, me ayudó a conectar con grandes amigos y amigas de ese país que tanto amo y que de alguna manera siento que esa esencia greco latina, forma parte de mí. Cantábamos Bandera Blanca cuando Barcelona era una fiesta buscando nuestro Centro de Gravedad permanente. Quizás en otra vida haya vivido en Italia. Battiato no solo es un músico, es un poeta, un místico y un filósofo. En sus canciones habla del ser humano como alma condenada a errar por el mundo, vida tras vida, hasta la completa evolución espiritual que le permita el retorno al paraíso original. Son tantas las canciones del maestro. Tantas enseñanzas. Tanta poesía, filosofía y espiritualidad en cada composición que es difícil resumir en una columna su obra inabarcable. Solo la historia colocará la vida y obra de Battiato en el pedestal que merece pero debería comenzarse a estudiar ya en las escuelas a Battiato como un filósofo a la altura de Platón o Aristóteles. No hay adjetivos sufi cientes que merez can calificar creaciones como La Cura, que es sublime, Gliucelli, L´ombra della luce, Il Treni de Touzer, Povera Patria, Segnali di Vita, Le aquile non volano a stormi o álbumes enteros como Mondo Lontanisimi, que es una obra maestra. Aún hoy, cada mañana escucho Battiato cuando necesito paz, cuando necesito conectar con ese mundo grecolatino, con el mediterráneo, con Asia, Oriente, con la meditación. Mi hijo Leo que tiene cuatro años, baila con Vía Láctea y es feliz mientras la siente. Escuchar a Franco Battiato me cura, me traslada a otras dimensiones insondables donde solo los nómadas que buscamos los ángulos de la tranquilidad hallamos la paz en el crepúsculo. Sabía que no estabas bien, quería escribirte esta columna, enviártela para que alguien te la leyera y hacerte saber lo mucho que te queremos en España pero las palabras de amor siempre llegan tarde. Quería ir a Sicilia y pasar por tu casa solo para darte las gracias, maestro.

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