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La buena noticia

ESTAMOS A PUNTO de celebrar la Navidad, del latín nativitas, nacimiento. Unas semanas de intensa actividad familiar y social. Las ciudades se han gastado el presupuesto en el alumbrado urbano, las actividades infantiles figuran en la cabecera de la programación municipal, los mercados preparan los pescados, mariscos, carnes y vinos para alegría del paladar en fiesta.

Los comercios se visten de gala para abrir sus puertas y las reservas en trenes o avión se colapsan para llegar al hogar. Pero realmente ¿que estamos celebrando mas allá de las comidas familiares y las cenas con los amigos? Pues celebramos que hace 2018 años tuvieron lugar una serie de acontecimientos históricos que cambiaron el paradigma del mundo occidental para siempre y cuya repercusión transformó la filosofía, la ética, el arte, la arquitectura, la poesía, los valores morales y el tiempo, porque hubo un antes y un después en el calendario que usamos desde entonces.

No quisiera escribir una crítica sobre la Navidad como espacio de consumo masivo mercantilista, que lo es. No quisiera escribir sobre la Navidad como triste desasosiego por los que ya no están, que sucede. No quisiera escribir sobre la Navidad denunciando los crímenes cometidos por algunos miembros de la Iglesia católica, que ocurrieron. Quisiera recuperar el sentido mas profundo de las cosas desde la perspectiva histórica.

Los hechos narrados en múltiples libros, narraciones, relatos y restos arqueológicos coinciden en señalar que hace más de dos mil años se produjo un movimiento social en las tierras que hoy conocemos como Israel y Palestina que socavó los cimientos del Imperio Romano y transformó los valores de millones de personas. Lo que llama la atención son los textos escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Es imposible que cuatro personas se inventaran los mismos sucesos. Al contrario. Esas cuatro personas tuvieron la firme determinación, aún siendo perseguidos y torturados hasta morir, que harían públicos los mensajes, visiones y aprendizajes de todo cuanto escucharon o vieron durante aquella época. Y sorprende, que cientos o miles de personas, después de haber sido quemadas, degolladas o crucificadas jamás renegaran de la verdad que habitaba en sus mentes. ¿Quien no estaría dispuesto a decir cualquier cosa para salvar su vida antes de verse clavado en una madera de seis metros de alto y morir desangrado lentamente mientras los cuervos picotean sobre tu cabeza? No hay duda, ni siquiera por parte de los historiadores más laicos o ateos, que una inmensa revolución se produjo durante aquellos días transformando las mentes de millones de personas cuyo eco llega hasta hoy.

Tenemos abundantes textos donde se citan los mismos hechos, no solo en los compañeros del Nazareno. Tenemos textos directos de senadores, emperadores romanos, vestigios arqueológicos, relatos realizados por miles de personas que afirman haber presenciado obras, discursos, hechos e incluso acciones inexplicables e insólitas que han producido una revolución, no política, sino espiritual en la historia del mundo. Incluso el Corán y los historiadores árabes coinciden en señalar la veracidad de la existencia y obras de Jesús de Nazaret, María Magdalena y sus acompañantes, quienes se dispersaron por todo el mundo para dar la buena noticia.

Es imposible que a día de hoy se mantenga el mismo espíritu de aquella época sino hay una sustancia de verdad en la memoria colectiva escrita y oral que se transmitió de generación en generación. No podemos idolatrar al mensajero, debemos reflexionar sobre su mensaje y su vida como ejemplo. No podemos identificar el mensaje de amor, paz y solidaridad con los cimientos bañados en oro y plata del Vaticano.

Porque dentro de la Iglesia hay de todo, desde personas que trabajan en los barrios más marginales del mundo transformando la vida de pueblos enteros con un profundo compromiso social hasta curas con sombría sotana que toman el mensaje como dogma y en lugar de ejemplificar con sus actos y palabra solo idolatran un símbolo repitiendo versículos en una monótona liturgia que adormece a los adultos y espanta a los jóvenes.

Cada cual que piense, cada cual que investigue, cada cual que reflexione. Pero si realmente a los tres días de ser enterrado en una cripta cubierta por una enorme piedra esa cueva amaneció abierta sin cuerpo, y si después de que miles de personas fueran perseguidas y torturadas hasta la muerte para confesar donde se hallaba el cuerpo los torturadores romanos no hallaron respuesta (buscaban el cuerpo para erradicar el movimiento porque sin cuerpo no hay delito, es decir, no está muerto), es quizás el momento, por lo menos, de conceder el beneficio de la duda al misterio de la resurrección y la posibilidad de la vida tras la muerte física. Y esa es la razón por la cual tenemos vacaciones, fiestas, alumbrados en las calles y langostinos en la mesa.

Y todo esto lo escribe alguien muy socialista (de los de verdad), laico, republicano e internacionalista, que cree que deberíamos reflexionar sobre todas las religiones como expresiones de la espiritualidad humana, porque todas, en el fondo, se complementan y hablan de lo mismo. La energía creadora del universo, la paz, el amor y la esperanza.

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