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La Copa del Mundo

SI EXISTE un evento social donde se conjugan todos los elementos que ensalzan los valores políticos del ser humano esa es la copa del mundo. En Rusia se dan cita las selecciones de todos los países del planeta jalonadas por los cánticos, ilusiones y esperanzas de millones de seguidores. No solo se trata de fútbol. Se trata de las identidades, los colores, las representaciones simbólicas. La copa del mundo es una guerra mundial que sustituye las armas por un balón. El fútbol es un deporte profundamente democrático y eso ya lo saben todos los niños cuando comienzan a jugar en el parque. Su éxito radica en la participación. Con un balón pueden jugar hasta 22 infantes persiguiendo una esfera con el objetivo de colocarla dentro de una red. El balón exige coordinación, ayuda, compañerismo, distribución, orden, esfuerzo e imaginación. Hay que saber mover la pelota en coro hasta llegar a la frontera contraria pero también hay que saber defender tus propios espacios para que el equipo rival no se acerque a las inmediaciones de tu castillo, que es el área. El campo de batalla es el césped verde de los estadios pero también puede serlo el arcén de cualquier calle suburbial en Detroit, el barro del lodazal en las favelas de Río de Janeiro, la tierra arenosa de un ardiente descampado en Sudáfrica o el pasillo de tu propia casa. El balón representa el mundo. Borges denominaba al ajedrez como el juego infinito por las impredecibles variables que tiene. El fútbol también es infinito porque se dan todas las posibilidades combinatorias imaginables. Por mucho orden, control y administración que un entrenador disponga sobre el césped del estadio el equipo resultará ganador cuando se alíen dos conceptos básicos: la creatividad y la suerte. Sin estas dos variables resultará imposible alzarse con la victoria final. Las selecciones de cada país de alguna manera heredan en su juego la cultura política de sus habitantes. Desde el desparpajo del baile brasileño hasta el orden metódico de la maquinaria germana. Desde el conservadurismo tradicionalista italiano a la moderna colectividad holandesa. Desde la impulsividad africana al galope por la sabana a la rapidez tecnológica asiática. Desde el vaivén melodramático del tango argentino a la salsa latinoamericana. Desde los disparos al aire de la flota Inglesa surcando las bandas al buen criterio arquitectónico de los equipos nórdicos. El fútbol son valores, porque el deporte son valores. El compañerismo, el esfuerzo colectivo, el sentido de equipo y por encima de todo está un concepto básico. Sin la ayuda de tus compañeros no eres nadie. Por muy bueno que te creas, por muy habilidoso que seas, por muy rápido que corras todo ello será en vano si en el último momento no confías en quien te puede ofrecer ese pase al hueco para que con un solo y sencillo toque de trompeta coloques el balón dentro de la portería contraria y cantes ese mantra colectivo llamado gol entre los abrazos de tus compañeros. La victoria reside en jugar bien y sobre todo, en saber jugar juntos. El éxito o el fracaso son conceptos abstractos. No existen. Todo es atacar, atacar y atacar enarbolando la belleza y la humildad como una bandera así en el fútbol como en la vida. El campeón levantará una copa que es realmente un tótem cuyo interior está vacío. Cuando se apaguen las luces del estadio esa copa acabará en una vitrina, entre los cristales de cualquier museo, sumida en el silencio. Con el paso del tiempo en una noche callada alguien se acercará sigilosamente al cristal, lo abrirá cuidadosamente con una pequeña llave, tomará la copa entre sus manos y cuando acerque despacio su oído al interior del trofeo escuchará en la lejanía del fondo del recipiente millones de cánticos y voces rugir desde las gradas de los estadios y las plazas de las capitales. Esa copa habrá engullido toda la energía del mundo al erguirse ante la multitud como una ofrenda realizada por el campeón ante Niké, diosa griega de la victoria.

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