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La escuela de la vida

MUCHAS FAMILIAS ya están preparando sus mentes y horarios para el inicio del próximo curso escolar. También los profesores con sus planes de estudio. También los niños y adolescentes, aún dorados por los últimos soles del verano e impregnados por la salitre del mar. Colegio proviene del latín collegium y significa literalmente, asociación de colegas, personas que deciden unirse para trabajar o estudiar juntas. Me gusta más el concepto helénico de escuela. En Grecia la skholé era la parte del día reservada al ocio. A diferencia de lo que nosotros entendemos por ocio, los griegos asociaban el tiempo libre al aprendizaje. Esos momentos los consagraban a actividades que servían para cultivar el intelecto y el espíritu. Escuela era el espacio para alcanzar la plenitud personal y la felicidad. Con este fin se juntaban en grupos para discutir sobre cuestiones filosóficas y otras artes, encabezados por algún maestro, que les incentivaba a reflexionar y meditar. La música y la contemplación eran dos de las grandes actividades. Ir a la escuela debe ser un disfrute, una aventura y un placer, porque allí encontrarás nuevas amistades y aprenderás multitud de conocimientos sobre el mundo que te rodea, como la historia, la naturaleza, el arte, las matemáticas, la poesía o el universo. Deberíamos realizar una educación aplicada al mundo real, más allá de los conceptos teóricos o fechas históricas, más allá del dictado y del aprendizaje memorístico por repetición, más allá de la burocracia del conocimiento. Hay que aprender a través de excursiones, visitas al campo, museos, a centros de trabajo, para contemplar los oficios, porque todos los mayores somos maestros en algún ámbito de nuestra vida. Visitar a los ancianos, esas bibliotecas vivas que nos cuentan antiguas historias llenas de sabiduría atemporal para comprender el presente. Pero como en toda profesión, ser maestro o profesor, implica mucho más que alcanzar una plaza oficial. Implica pasión y capacidad para saber transmitir ideas y conocimientos con entusiasmo. El maestro no debe ser un monologuista emisor que adoctrine a un grupo de receptores pasivos. Debe ser un provocador, un orientador, un incendiario de la chispa del debate en el aula para que sean los propios alumnos los verdaderos protagonistas fomentando su participación. La educación por proyectos es una herramienta fundamental para llevar a cabo estas ideas, que son tan antiguas como el método socrático del conocimiento y que durante el siglo XX, han tenido su máximo exponente en la figura de Paulo Freire como maestro de la pedagogía y la educación popular para impulsar una escuela libre y críticamente constructiva con la realidad que nos rodea. Y si esa escuela es innovadora, fomenta la creatividad, el debate, la música, la reflexión, el arte y el conocimiento a través del contacto con la naturaleza y los espacios culturales como las bibliotecas, los conciertos o los eventos deportivos, el alumno sentirá que no es un sujeto pasivo o un mero contenedor de ideas desmotivado, sino que se sentirá impulsado para canalizar toda esa energía pura que alberga en su interior potenciando sus habilidades. El gran reto del maestro o profesor no es impartir una materia para cubrir un expediente o recopilar exámenes para numerar el nivel de conocimiento. El gran reto del maestro es sentirse motivado para disfrutar de su profesión y aprender del propio proceso educativo. No hay verdades absolutas y las grandes preguntas las lleva realizando el ser humano desde el principio de los tiempos. Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos. Como Federico Luppi en la película Lugares comunes, hay que despertar el dolor de la lucidez. Sin límites. Sin piedad. Para la poetisa Alejandra Pizarnik la lucidez es un dolor y un castigo pero lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer consciente de la propia lucidez. El silencio de la comprensión. El mero estar. En esto se van los años. En la escuela de la vida.

La escuela de la vida
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