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Otra Pontevedra es posible

QUE LA ciudad de Pontevedra ha mejorado mucho en comparación con el pasado es evidente. Pontevedra es una ciudad pequeña. Un pueblo. Su tamaño hace incomprensible que los coches circulen por las calles principales porque además son muy estrechas. La peatonalización no ha hecho nada extraordinario. Ha hecho lo que es lógico. Lo que cualquiera haría en su propia casa. Tenerla limpia, ordenada y habitable. No confundamos virtud con obligación. Se han embellecido plazas y jardines pero sobre todo se ha recuperado toda la zona del río Lérez que es bajo mi punto de vista el mejor espacio que tenemos. Ahora el Parque de la Familia es nuestro Central Park. Nuestro Hyde Park. Sin embargo hace falta un poco más de vida en ese espacio más allá de un festival anual. Hacen falta conciertos de jazz, música clásica para nuestros mayores, actividades para los niños, talleres de cultivo ecológico, obras de teatro al aire libre y hasta barquitos para remar como en el Retiro y porqué no un catamarán que realice excursiones por el Lérez donde se expliqué la historia del río, su fauna y su flora. El clima no es excusa y menos ahora que el verano se asoma llevando el sol ondeando como una bandera al viento del Atlántico. Nací y me crié en la Calle Sierra, al lado de la Plaza de Abastos. Cuando éramos niños nuestro mundo era el parque que está entre ambas edificaciones delante del mercado. Un parque con columpios donde jugábamos al fútbol o corríamos en bicicleta desde la mañana hasta la noche observando las estrellas. Pero fuera de ese microcosmos la ciudad era territorio comanche. Los arcos de San Bartolomé estaban plagados de yonquis pinchándose heroína y cuando venía de la escuela tenía que pasar corriendo hacia casa saltando las jeringuillas. La calle Cousiño y todas las calles de alrededor parecían el Bronx. Esas callejuelas estaban plagadas de putas, gitanos y heroinómanos, con todo mi respeto a los tres colectivos. La ciudad era un espacio gris, deprimido, sucio. La calle de la Cabaña y las escaleras del Museo eran el Harlem en los ochenta. Un lugar al cual evitabas asomarte porque el personal que poblaba sus esquinas siempre estaba colocado. Por lo demás respirábamos los humos de Tafisa y Ence. Estos últimos todavía los respiramos. En Pontevedra llovía todo el año pero no a causa del clima, sino a causa de una tristeza infinita. Una ciudad deprimida. Coches por todas las esquinas, aparcados en doble o triple fila. Aceras pequeñas e intransitables. Una auténtica cloaca. Pero llegó un nuevo gobierno que hizo lo que había que hacer. Lo que cualquier persona con dos dedos de frente haría, repito, en su propia casa. Limpiarla, acondicionarla, humanizarla, embellecerla, hacerla funcional y apostar por la cultura. Pero no podemos quedarnos ahí, en la peatonalización o en la rehabilitación. En la mera estética urbana. Pontevedra debe crecer y ese crecimiento pasa por abrir la ciudad al mar, porque Pontevedra vive de espaldas a la Ría.

Ese crecimiento pasa por la salida de Ence de nuestra costa para unirnos con Marín y crear la gran ciudad de las Rías Baixas. Sé que existe la ley de costas pero pactemos con los demás partidos cambiar la ley para aprobar un gran proyecto social. Las leyes deben estar al servicio de los ciudadanos y no los ciudadanos al servicio de las leyes. Ese crecimiento pasa porque el gobierno municipal contrate gente que sepa vender la ciudad y su privilegiado entorno para atraer empresas que vengan a invertir y crear puestos de trabajo. Si hay que viajar a Japón, Suiza, Alemania, USA o China para que Toyota, Apple, Tesla o Google abran sus plantas de fabricación o tecnología aquí, hay que intentarlo. La gestión pública debe aprender de la gestión empresarial. Los ciudadanos somos clientes que pagamos impuestos para que mejoren nuestros servicios y debemos exigir los mejores objetivos para nuestro bienestar. Probablemente nuestros ojos no lo verán pero la Pontevedra del futuro estará unida a Monteporreiro y Marín, que serán sus barrios. Se desviará o soterrará la autovía y sobre la superficie se creará un largo paseo con playas, restaurantes, hoteles, comercios locales, zonas verdes y un tranvía ecológico conectará Monteporreiro con Marín pasando por Pontevedra en toda la línea marítima. Un barco conectará la Isla de Tambo y la ciudad con viajes de ida y vuelta diarios. En los terrenos de Ence habrá empresas tecnológicas internacionales que crearán miles de puestos de trabajo, como ocurre en el Poble Nou de Barcelona y el Pazo de Lourizán será un centro socio cultural con festivales de música y baile en sus jardines. Marín también se tiene que abrir al mar creando un paseo en su zona portuaria. La escuela naval ha dejado de tener razón de ser y en su lugar debería haber facultades de ciencias del mar, biología, investigación y porqué no una Agencia Europea. Pontevedra sería una ciudad de referencia. Por turismo, por calidad de vida, por oportunidades laborales. Abierta al mar y al mundo. No queremos una ciudad dormitorio sin futuro. Otra Pontevedra es posible si generamos un nuevo proyecto de ciudad en el que crean todos los ciudadanos, partidos e instituciones. Es difícil, pero no es imposible. El arte de la política consiste en eso. En hacer posible lo imposible. En convertir sueños en realidades.

Otra Pontevedra es posible
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