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Pontevedra parece Nueva Orleáns

PONTEVEDRA PARECE Nueva Orleans. Orquestas callejeras que redoblan tambores en cada esquina al ritmo de trompetas y trombones, conciertos en la Plaza del Teucro y en la Plaza de la Herrería al aire libre que hacen retumbar las flores y las plantas de las terrazas de los edificios. La música se ha apoderado de la ciudad estos días y uno sale a la calle moviéndose a su ritmo y compás. Festival de Jazz, festival de la vida, porque el jazz es la música libre que viene de las plantaciones de esclavos de algodón en las orillas del Misisipi. Proviene del blues, de las tardes infinitas al sol trabajando para el amo y esa música era un canto de liberación. Tendrás mis manos, tendrás mis cadenas pero no tendrás mi música, mi alma, mi canto. El jazz es la música libre porque cada instrumento parece que vuela solo y en esa anarquía aparente reside su esencia. Redobla la batería, caja, bombo y plato cuando comienza a sonar una trompeta que inaugura lo que ya no se detendrá. Luego entra la guitarra realizando ritmos acompasados y limpios para dar paso a un saxofón que lo rompe todo y te atraviesa directamente el corazón. En el jazz se canta pero no hace falta cantar, a veces está demás. Solo Chet Baker cantaba con la precisión requerida porque hay que cantar con la dulzura exacta para no balancear demasiado el swing que es como una bola de cristal en un columpio. Nina Simone era la única que se permitía levantar la voz con autoridad porque ella era la reina junto a Ella Fitzgerald y sabían que su timbre vocal era un instrumento con la legitimidad y la calle suficiente como para poder mezclarse con el metal con dignidad. Al contrario de otras músicas el jazz no necesita que le prestes atención porque no son ritmos de cuatro acordes acompasados que se repiten con un estribillo comercial y una letra simplona. El jazz te permite trabajar, cocinar, leer un buen libro, hacer el amor o regar las plantas con la misma tranquilidad que el silencio. Si tienes alguna duda ponte un disco de Bill Evans y deja que las notas de piano se cuelen lentamente en tus oídos. Si está lloviendo en la calle, mejor. Las gotas de la lluvia rebotando en el cristal de la ventana serán otro instrumento más que acompañará la melodía. Una ciudad viva tiene que sonar, debe tener ritmo, la música debe estar presente en las calles, en las esquinas, en las plazas. Vengan músicos del mundo a Pontevedra y conquístenla con sus acordeones, guitarras y violines. Una ciudad no puede permanecer en el silencio muerto de los pasos solitarios en los callejones porque la calle debe ser un ágora abierta de encuentros, charlas y bailes. Durante estas noches suenan saxofones, trompetas, pianos, baterías y guitarras que recuerdan a los grandes del jazz y la ciudad es una tartera en ebullición llena de ritmo. La pasada noche caminando por la Plaza de Méndez Núñez he visto a la figura de Valle-Inclán mover su bastón mientras silbaba una canción del Kind of Blue.

Pontevedra parece Nueva Orleáns
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