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Por quién doblan las campanas

ES IMPOSIBLE comprender lo ocurrido en Manchester puesto que es obra del mal, aunque este se disfrace de ideología o religión. Negar su existencia es darle mayor poder. Las portadas se llenarán de historias personales de las víctimas, noticias sobre el responsable de los atentados, su origen y la reivindicación del mismo. Todo durará tres días, que es lo que suelen durar las noticias independientemente de su impacto, porque si algo caracteriza la "actualidad" es, por definición, su condición "efímera".

Otros titulares vendrán que sustituirán a los actuales como la corriente de un río que se lleva las hojas. Lo que conviene no olvidar es que la historia siempre se repite y las víctimas de Manchester son las víctimas de Nueva York, Madrid, Londres y París pero también las de Damasco, Alepo, Kabul y Bagdad. ¿En que se diferencia el niño que muere mientras juega con una manzana en un mercado de Mosul de la niña que muere mientras toma un helado en una terraza de Bruselas? En nada porque son las mismas víctimas. ¿En que se diferencia un terrorista suicida que se hace explotar en un concierto de un piloto de aviación que suelta cien bombas sobre un barrio residencial de viviendas? En nada en absoluto. Únicamente en la denominación de quien ejecuta el acto y en la tecnología que utiliza. Los crímenes cometidos durante toda la historia de la humanidad han sido constantes y es evidente que a mayor progreso de la ciencia y mayores avances tecnológicos mayor es la capacidad destructiva del ser humano. Del hombre de Neandertal que asesinaba a su semejante alzando una lanza de madera con punta y clavándola en el pecho de la víctima al hombre de la actualidad que asesina a través de un Drone solo existe una diferencia. La tecnología. El ser humano continúa siendo el mismo. Apenas hay diferencias entre el hombre de Neandertal y el hombre posmoderno de la Revolución Digital. El alma humana, que es la catalizadora de las energías positiva y negativa derivadas del caos y el orden surgido tras el Big Ban del Universo apenas ha progresado en su desarrollo moral. De la catapulta medieval hemos pasado a la bomba atómica pero a nivel ético seguimos observando las sombras de Platón en la cueva de Atapuerca creyendo que esa es la realidad. Sino entendemos este hecho invisible jamás podremos avanzar hacia una humanidad mas justa y respetuosa por la vida. He estado en las lejanas tierras Indias, en el estado del Rajastán. He visitado Madrasas islámicas donde los niños únicamente aprenden Corán en patios donde solo se escucha el sereno y sutil sonido del agua de la fuente. He caminado por las calles del Cairo y Asuán mientras las atronadoras voces de los imanes amplificadas retumbaban en las piedras de las antiguas avenidas abiertas al Mediterráneo. He paseado por las Mezquitas de Estambul y Marrakech admirando los cánticos de los minaretes llamando a la oración. Caminado por Palestina entre los escombros de las viviendas observando a los niños jugar con una rama de olivo. Pero también he visto al Papa cantar una oración bajo la ovación de diez mil devotos de todas las nacionalidades en la Plaza de San Pedro de Roma o respirar la austeridad de los cristianos ortodoxos mientras recogían madera en los pueblos de Rusia. Encender un incienso haciendo girar la rueda del tiempo en un templo Budista en Sanghai mientras unos monjes tibetanos construían grano a grano un Mandala de arena hasta contemplar la santería en una iglesia de la Habana en mitad de un huracán. Sentarme en un templo Sij meditando con cientos de personas en una soleada tarde de Octubre al lado de un estanque o depositar flores al amanecer en el río Ganges mientras ardían en las pilas fúnebres decenas de cuerpos quemados y no son las religiones quienes empujan a los hombres a cometer atrocidades. Tampoco las ideas o las ideologías. Religiones e ideologías son solo los argumentos del mal para convencer a los seres humanos para que se destruyan arengando y encendiendo las bajas pasiones que habitan en el interior del alma humana. La ira, la avaricia y la codicia ya las llevamos impresas y tatuadas en el corazón. Es nuestro deber borrarlas del interior. Todos formamos parte de todos porque la humanidad, la naturaleza y el universo están conectados y unidos. Siempre que ocurre una desgracia como en Manchester, Nueva York, Boston, Madrid, Bruselas, París, Egipto, Malí, Somalia, Irak, República Centro Africana o Costa de Marfil, me vienen a la cabeza estas palabras escritas en el famoso libro de Ernest Hemingway: "nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti".

Por quién doblan las campanas
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