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Un elefante en Jerusalén

SI HAY una ciudad en el mundo donde confluyan todas las religiones y creencias como los instrumentos musicales en una orquesta de jazz esa es Jerusalén. Hace años la visité con la expectativa de quien acude al epicentro mundial de todos los conflictos a lo largo de la historia, desde los tiempos bíblicos pasando por las cruzadas hasta las guerras actuales. Como quien visita la caja de Pandora. La sensación que se tiene al estar en Jerusalén y caminar por la ciudad vieja, sorteando sus callejuelas y escalinatas es la de estar asistiendo a un espectáculo único donde se citan miles de personas de todos los lugares del planeta y las más diversas creencias metafísicas. Las calles huelen a pan recién hecho, los pequeños comercios de orfebrería se combinan con apacibles lugares donde tomar un té y existe un comercio local muy potente conformado por un enorme bazar urbano donde puedes encontrar todo tipo de objetos, desde las más exóticas antigüedades hasta las más auténticas imitaciones modernas. Estados Unidos ha reconocido a Jerusalén como capital del Estado de Israel y varios países seguirán el camino emprendido por la administración Trump. Esto ha provocado la indignación del mundo musulmán que considera Jerusalén como capital del Estado Palestino. Solo hay única verdad y es la siguiente: Jerusalén es la capital mundial de todas las religiones monoteístas y el camino pasa por reconocerla como tal, capital religiosa mundial bajo la administración compartida del Estado de Israel y el Estado Palestino.

Esta es la única solución a un conflicto milenario cuyo fin no se vislumbrará nunca sin la coexistencia pacífica entre ambos pueblos históricamente enfrentados. Me gusta la parábola del elefante para explicar como es Jerusalén y el hecho religioso: Un rey convoca un día a unos ciegos de nacimiento y les dice: ¿Sabéis que es un elefante? "No majestad, no sabemos lo que es". El rey les dice: "Queréis saber que forma tiene?". Los ciegos responden a coro: "Si queremos saberlo". El rey ordena que traigan a su presencia un elefante y pide a los ciegos que lo toquen. El rey les dice "Esto es un elefante". Unos tocan la trompa, un costado, otros el muslo, la cola. Luego el rey pregunta a los ciegos: "¿Cual es la naturaleza del elefante?". El que rozó la trompa afirma: "Es como una gruesa liana". El que tocó la oreja dice: "El elefante es como la hoja de un platanero". El que tocó un colmillo comenta: "El elefante es como la mano del almirez”. El que tocó la cabeza sostiene: "El elefante es como un caldero". El que tocó un costado vocifera: "El elefante es como una pared". El que tocó el muslo grita: "El elefante es como un árbol". El que tocó la cola susurra: "El elefante es como una soga". Todos se reprochan mutuamente estar equivocados y la discusión se encona. El rey no puede evitar la risa y pronuncia estas palabras: "El cuerpo del elefante es único, las distintas percepciones de cada una de sus partes os han inducido al error". Lo mismo sucede con los partidarios de las distintas religiones.

Cada cual habla de Dios, lo divino, lo absoluto o la energía cósmica según la percepción limitada que tiene de ello y ninguna religión puede pretender poseer la verdad puesto que esta se ha fragmentado al manifestarse en el mundo. La última noche en Jerusalén la pasé sentado en el monte de los olivos sobre una piedra observando la ciudad encendida. Una luna llena y enorme colgaba de la bóveda del cielo como una medalla de plata y mientras fumaba un cigarrillo escuchaba los cánticos de los minaretes mezclándose con las campanas de las iglesias y los rezos del muro de las lamentaciones. Todos esos sonidos y acentos tan diferentes son lenguas y cánticos expresando exactamente lo mismo. El mundo es bello por la variedad de sus paisajes. La vida espiritual es bella por la abundancia de sus caminos.

Un elefante en Jerusalén
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