Opinión

Soy humana, soy Chenoa

EL PATIO del recreo era como una cantina instalada en la hora punta del puticlub. Las niñas paseábamos coquetas y cogidas de la mano y los niños jugaban al fútbol y fumaban pitillos atusándose el negro del mostacho. Las niñas nos paseábamos para que nos mirasen, y así perdíamos la media hora de descanso en busca de una aprobación que llegaba cuando alguno de ellos te escogía para ser su novia. Cuando a una la dejaba su novio, o el chico que le gustaba no quería salir con ella, cambiábamos la ruta drásticamente en solidaridad con la compañera caída en desgracia. Cualquier cosa con tal de evitar exponerla a la afrenta más grave. Si el chico, además, tenía una nueva novia, hacíamos cualquier cosa con tal de proteger a la compañera del más insufrible de los dolores: verlo con otra. Las amigas de la otra enseguida empezaban una campaña de desprestigio que podía incluir el tiempo que tu amiga tardó en dejarse tocar las tetas por su ex, y aquello daba la vuelta al colegio una y mil veces hasta que la dejada amenazaba con tirarse de un puente. Si, en cambio, se recomponía fácilmente y se echaba un nuevo novio a las dos semanas, entonces era sospechosa de facilona y tildada de puta por lo bajini. En confianza os lo digo.

La cobra de Chenoa es la cobra de todas las españolas, la vergüenza con la que se nos dializa a las mujeres para que no soportemos ser rechazadas por un hombre. Para que nos riamos, como en el patio del recreo, de aquella que es rechazada mientras apretamos fuerte la mano de nuestro novio y rezamos dos padrenuestros para que no se cruce nunca Elena Tablada. Ninguna queremos salir en chándal y sin maquillar, a dar explicaciones al muro de Facebook sobre el estado de nuestra relación.

A los pocos días (u horas) de que la -supuesta- cobra fuese trending topic nacional aparecía Chenoa radiante en sus redes sociales para agradecer a sus fans el seguimiento de las galas de Operación Triunfo. Bisbal , colgaba una foto con su novia, que es con la que se supone que está. Todo normal. Pero ni a uno, ni a la otra, han dejado de recordarles que él la abandonó hace 15 años y que ella merece ser resarcida de tan magnánima deshonra con el beso del príncipe azul al que lleva esperando, congelada, en la torre de su castillo.

La hemeroteca de mi peluquería confirma claramente que Chenoa se recompuso pronto de aquello y que su historial de novios y romances no dejó de crecer, al tiempo que alargaba su trenza para que todos aquellos hombres pudiesen subir a la cama redonda del castillo. Un castillo al que la devolvían cada vez que rompía una relación para señalarla, otra vez, como “desafortunada en el amor” y “la eterna ex de Bisbal”. Y no la han dejado salir porque es mujer. Y como a todas las mujeres sólo le quedaban dos alternativas, la de la sufridora princesa que espera, o la fresca que deja de serlo cuando vuelve a quedarse (siempre desgraciadamente) sin novio.

Veréis, yo no siento ninguna compasión por Chenoa por el hecho de haber sido dejada o haber sido -supuestamente- rechazada. Seguramente, Chenoa habrá dejado a varios hombres y rechazado a unos miles en su vida. A mí lo que me da pena es que la obliguen a ser mártir de un amor que, si lo hubo, acabó en el patio del colegio. Cuando todas la seguían protegiendo del ex, sin saber que ella ya se había quitado el sujetador con el de la clase de al lado. Por supuesto, tampoco albergo la mínima sensación de odio hacia David Bisbal que hará, con su vida y sus relaciones, lo que a él le apetezca.

Esta señora lloró hace 15 años por el hombre que quería. Todas hemos llorado los mares por tipos de los que ni nos acordamos. En el instituto llegué a besar durante meses, cada noche, la foto del corcho de aquel chico que se paseaba con su novia delante de mis narices. Jamás haber sido dejada o rechazada me impidió conocer a personas y volver a enamorarme y a desenamorarme. Admito que yo siempre he sido un poco Chenoa, de las que se cogía un nuevo novio a las dos semanas.

Dejemos de criar a niñas con complejos de princesa abatida y a niños con egos del tamaño de los castillos donde las encierran. Capaces de creerse que les van a joder la vida 15 años si las dejan. Normalicemos la iniciativa femenina y la tolerancia al rechazo en el sexo, en el amor, en nuestras propias vidas. Saquémonos el chándal de llorar, que no combina nada con la sonrisa de ligar.

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