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¿Existe la maleta perfecta?

Estas siempre están plagadas de errores. Errores que saltan a la vista cuando uno llega a su destino y ya nada tiene remedio

LAS MALETAS están plagadas de errores. Se podrían llenar varias solo con aquello que nunca se metió en ellas, y que justamente eran los aciertos. Los errores saltan a la vista cuando uno llega a su destino, sube a la habitación, más o menos contento, aunque algo cansado, y las abre para que todo lo que contienen se estire y repose. De pronto, cuando nada tiene ya remedio, echa de menos un montón de cosas que no incluyó en ellas, mientras todo lo que contienen adquiere un aire de inutilidad insoportable, que dispara la impotencia. Uno se siente un principiante, o peor, un veterano que comete los mismos errores en todos sus viajes, vapuleado por la vocación de no aprender jamás, tan humana. 

Es demasiado tarde, siempre es demasiado tarde para reparar las equivocaciones que viajan en silencio dentro de la maleta. Para cuando las descubres tu casa está lejísimos, y te has subido con ella a líneas de metro o taxis, y después trenes o aviones, y otra vez taxis, o autobuses, y la has empujado a través de escaleras, ascensores, vestíbulos, pasillos. Antes de partir apenas alimentas vagas sospechas en torno a la maldita maleta. Presientes que te equivocas a medida que la llenas, porque reconoces los nervios y su signifi cado, pero ignoras en qué exactamente metes la pata. ¿Será en la ropa, mal seleccionada, o en la cantidad? ¿Tal vez en el calzado? ¿En las cremas o las lociones? ¿En los complementos? ¿Acaso en las medicinas? Estás demasiado ofuscado por el viaje y el temor a que algo no salga como has soñado. Habría que ser adivino para detectar las malas decisiones en ese momento, cuando aún son revocables. En cambio, cuando pisas el hotel, o el apartamento, o la casa, o donde sea que te alojes, y al fin abres la maleta sobre la cama, habría que estar ciego para no advertir qué hiciste mal en meter y excluir.

La maleta vacía, que hay que llenar, se vuelve lentamente un trauma. Hay que hacerlo no tanto de prendas y objetos como de pequeñas decisiones. Eso es lo que mata y te deja los nervios heridos: incluir y excluir. ¿Cómo no sentir miedo al empezar? ¿O cómo quedarse tranquilo al acabar, y salir hacia la estación o el aeropuerto? Cada uno esquiva la tensión a su manera, si es que eso es posible. Algunas personas, de cierta templanza, la superan preparando la maleta semanas antes de la partida, cuando el viaje es aún una idea sin forma en la imaginación. Trabajan con listas, compartimentos, secciones, notas de móvil, que cada día someten a supervisión. Otras, menos metódicas, más alterables, sobrellevan la angustia que produce hacer la maleta pensando en otra cosa, mientras aguardan hasta el último momento para enfrentarse a ella. De pronto, hacen que se acuerdan, y actúan. Es cuando se cometen los peores errores, me temo. Las acciones postreras contienen a la vez el vértigo y el fracaso. Se acometen rápido, con los ojos cerrados para sufrir lo menos posible, y confi ando en que el milagro de cada día, del que todos somos merecedores, cobre forma en ese minuto locuaz. 

Preparar una maleta es "igual de comprometido que urdir una ficción, soñar un libro o construir un universo poético", afirma el narrador de Los horarios cambiados, de Eloy Tizón. Ese relato arranca con un "A tal carácter, tal maleta. Yo llenaba la mía de forma accidentada, poco científica, aleatoria, guiado por el único afán de terminar cuanto antes, pues nunca me ha gustado hacer maletas ni deshacer maletas ni pensar en las maletas. Para Tricia, en cambio, hacer la maleta suponía un gran esfuerzo mental, exigía un alto nivel de concentración y vigilancia, por lo que dedicaba muchas horas, incluso días enteros, a planificar de manera concienzuda su equipaje sin olvidarse de nada". Pero es posible no olvidarse de algo? Quién no ha salido convencido de llevar todo lo necesario, y a lo mejor así era, y al llegar al destino sintió el fi lo del arrepentimiento? Existe la maleta perfecta? Existe una maleta tal que nada falte y nada sobre? Seguramente no.

¿Existe la maleta perfecta?
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