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Psicópatas

LO HABITUAL entre la juventud, la de ahora y la de antes, es que una o uno se divierta con los amigotes, coquetee con las drogas, legales o no, y estudie una ingeniería con la esperanza de ser el día de mañana contratado como camarero a tiempo parcial. El resto del tiempo se dedica a las redes sociales y a toquetearse para explorar su cuerpo. Lo normal. Luego existe una minoría que tiene otra meta, que es la de convertirse en líder. Líder político, empresarial o líder de una secta.

Hay diferentes estudios que demuestran que el 1% de la población está formada por psicópatas. Sin embargo, entre puestos dirigentes el porcentaje sube hasta un mínimo de un 4%. La doctora Carolyn Bate, una experta en el asunto, sospecha que ese porcentaje es en realidad más alto y puede rondar un 8%. El problema para concretar la cifra está en que los psicópatas son expertos en ocultar su patología. Que entre los líderes la proporción aumente es lo normal. El psicópata es manipulador, carece de empatía y de escrúpulos, lo que le permite escalar con mayor facilidad y alcanzar puestos más altos: tiene madera de líder.


Hay diferentes estudios que demuestran que el 1% de la población está formada por psicópatas


Así que de cada 100 jóvenes que quieren ocupar puestos de liderazgo, entre 4 y 8 son psicópatas de manual. Aparte de toquetearse para explorar sus cuerpos, se preparan para acabar de mayores en la prisión de Soto del Real. El caso de Ignacio González puede ser un ejemplo. Pensemos en Jack el Destripador o en Hannibal Lecter, por citar a dos reconocidos psicópatas, uno de ellos personaje real y el otro de ficción. Su meta final es la de ser descubiertos. Para ello retan a la policía exhibiendo una inteligencia que suele ser superior a la del común de los humanos y van incrementando la intensidad de sus crímenes hasta que consiguen ser detenidos. Cuando Ignacio González fue advertido de que la policía seguía sus pasos no hizo lo que haría un ladrón normal: desaparecer discretamente; largarse a un lugar desconocido a disfrutar de sus millones y a toquetearse. No: empezó a jugar al gato y al ratón. Sabiendo que sus conversaciones estaban siendo grabadas, cambió el tono y puso a prueba la inteligencia de los investigadores. Manipuló a jueces y fiscales, poniendo trampas por el camino. Pero el psicópata necesita ser descubierto porque su finalidad es que todo el mundo sepa lo listo que es. Lo peor que le puede suceder a un psicópata es pasar a la historia como un ser vulgar.

Solamente una minoría de los psicópatas son asesinos en serie. Eso es lo que confunde a casi todo el mundo, que por culpa del cine y de la literatura desconoce que muy pocos psicópatas sienten la pulsión de asesinar. Por lo general son gente narcisista que conoce perfectamente la diferencia entre el bien el mal pero la ignora porque disfruta eligiendo hacer el mal. Entre los líderes psicópatas yo he conocido en persona a dos o tres. A Mario Conde, por ejemplo, lo entrevisté en una ocasión. Tuve la oportunidad de verlo humillando a sus colaboradores, voluntarios que lo apoyaban en su campaña a unas autonómicas gallegas y los pobres lo hacían a cambio de nada, porque creían en él. Comprobé cómo disfrutaba haciendo sufrir a los que lo rodeaban mientras repatriaba el dinero robado a los accionistas de Banesto. De no ser un psicópata se hubiese perdido en un paraíso para dedicar el resto de su vida a explorar su cuerpo y a comer langostas. Pero no; necesitaba ser nuevamente encarcelado para demostrar al mundo entero que había sido más listo que nadie.

A los psicópatas les pierde su objetivo, que es el de acabar en Soto del Real. Esas conversaciones que les graban en las que presumen de su poder, de su influencia, de su inteligencia y de lo tontos que somos todos salvo ellos; esos pulsos en los que retan a toda la sociedad hasta lograr su objetivo de ser condenados. Pero lo disfrutan como niños. Si no acaban en la cárcel se sienten frustrados. Para un psicópata el éxito se alcanza al ser identificado como un ser maligno que ha llegado a lo más alto.

Ignacio González luchó como un poseso. Desde que saltó el asunto del ático comprado con dinero irregular emprendió una lucha sin cuartel persiguiendo su ingreso en Soto del Real, confundiendo a los investigadores mientras gobernaba Madrid y saqueaba los fondos públicos. Presuntamente, supuestamente. Nunca dio un paso atrás. Lo que para cualquier otro hubiese sido una agonía para él fue un desafío y lo disfrutó como un deportista que alcanza un nuevo récord. Hoy es un hombre feliz que ha logrado un objetivo, el de ser reconocido como alguien que demostró ser más inteligente que cualquier persona honesta. Otro como Ruiz Mateos, como Roldán, como tantos que han disfrutado al ser cazados. Para usted o para mí son delincuentes que tienen lo que merecen. Lo que no queremos entender es que ellos se ven exactamente así, como delincuentes que tienen lo que merecen y eso es exactamente lo que los hace felices. Eso y pasar un par de años en Soto del Real explorando sus cuerpos, sabedores de que al salir del cautiverio podrán disfrutar de su fortuna mientras miran por encima del hombro a los demás, que no hemos sido tan listos como ellos porque no pertenecemos a esa mínima cuota de privilegiados psicópatas.

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