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El buenismo no es bueno

PARECE EVIDENTE que en la vida de las personas y, sobre todo, en sus decisiones influye más el temor al castigo que la promesa del premio. Precisamente, el heroísmo y el mérito de los mártires consiste en invertir dichos sentimientos, aceptando el sufrimiento y la ofrenda de la propia vida, antes de abdicar de sus principios y convicciones.

Dicho lo anterior, no ofrece duda que de la debilidad y buenismo propios se favorecen y aprovechan los violentos.

Decir que es mejor convencer que vencer se convierte en una frase meramente retórica si se aplica a quienes no conocen ni reconocen más argumento que la fuerza y la eliminación, no solo del contrario o adversario, sino, también, del disidente o discrepante.

El buenismo es peligroso porque expresa un deseo pero no afronta la realidad. Ya Maquiavelo afirmaba que "no hacer nada, mostrarse pasivo es también hacer algo: normalmente, darle ventaja a tu enemigo".

Maquiavelo decía que nuestros semejantes traicionan antes a quien aman que a quien temen. "Es mucho más seguro ser temido que querido", afirmaba


Como buen conocedor de la sicología humana, el mismo Maquiavelo sostenía que nuestros semejantes traicionan antes a quien aman que a quien temen. Por eso, afirmaba que "es mucho más seguro ser temido que querido".

Hechas las anteriores consideraciones, nos permitimos alertar sobre ciertos pronósticos de buenismo, imposibles de cumplir, porque al mal no se le convence; se le domina o se le vence.

De ahí, que sean loables los deseos expresados por el Papa Francisco, con ocasión de su reciente visita a Egipto después del terrible atentado que causó 47 muertos entre los coptocristianos de Tanta y Alejandría. En esa visita, el Papa Francisco se reunió con Teodoro II , el Papa copto-ortodoxo y en la Mezquita-Universidad de Al Azahar con los sabios del principal centro de referencia del Islam suní. En esta reunión el Papa proclamó la incompatibilidad, entre la fe y la violencia, entre "creer y odiar", exhortando a los creyentes a promover una alianza para construir la paz.

Realmente, esos buenos deseos y piadosas intenciones son lamentablemente incumplidos y defraudadas, pues es evidente que creer y odiar no son incompatibles cuando existen creyentes fanáticos yihadistas que se suicidan matando a infieles y lo hacen al grito de "Alá es grande". En el fanatismo "creer y odiar" son inseparables.

En definitiva, el verdadero y más completo rechazo a toda clase de fanatismo lo resumió el propio Papa, al condenar "cualquier forma de odio en nombre de la religión".

Es indudable que, cuando se alían el odio y la religión se produce la trágica paradoja o contradicción de que no solo "creer y odiar" no se oponen, sino que lo primero potencia y contribuye al cumplimiento y ejecución de lo segundo.

Por lo tanto, no solo es condenable matar en nombre de Dios, sino también, hacerlo por considerar que es de su agrado.

Todos los fanatismos son condenables, por su primitivismo e irracionalidad. Ante esa realidad, el buenismo, lejos de evitarlos o impedirlos, contribuye a su crecimiento y desarrollo. El buenismo es rehuir la afirmación de la propia verdad frente al fanatismo de "a Dios rogando y con el mazo dando".

El buenismo no es bueno
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