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¿Podrá Pastor ‘pastorear’ este Congreso?

VAYA POR delante que me pareció una excelente noticia la elección -mediante pacto con Ciudadanos, lo que también me parece positivo- de doña Ana Pastor como presidenta del Congreso de los Diputados. Es persona sin tacha, que ha cumplido a satisfacción los muchos cometidos públicos que ha desempeñado; incluso la izquierda reconocía este martes, día de la formación de las Cortes, la probidad de quien se ha convertido en la ‘número tres’ en el protocolo del Estado. Difícil lo va a tener la nueva presidenta. Acaso más difícil que cualquiera de sus predecesores: no había sido que escuchar las fórmulas de acatamiento (es un decir) a la Constitución floridamente esgrimidas por algunas de Sus Señorías, de Podemos y sus derivados o de Bildu. Pastorear, con perdón por usar este término y por el mal juego de palabras, esta Legislatura le va a costar a Pastor más de un disgusto.

Va a ser esta una Legislatura complicada, en parte por las reticencias de Mariano Rajoy a propiciar cambios en profundidad, en parte por las posiciones difícilmente comprensibles de los socialistas y en parte, claro está, porque una parte importante de la Cámara promete el cargo no para acatar la Constitución, sino para cambiarla, entre otras cosas. Es decir, la tarea, que debería ser común, del avance en la profundización de la democracia va a depender de criterios excesivamente dispares. Si Rajoy logra, al fin, formar Gobierno -y existía en los pasillos de la Cámara Baja una vaga sensación de que, a trancas y barrancas, lo logrará, aun cuando quizá no a comienzos de agosto-, va a tener que hacer auténticos encajes de bolillos para sacar adelante los Presupuestos, para hacer frente a las exigencias europeas y, desde luego, para llevar a cabo los cambios democráticos sobre los que ni siquiera consta que él mismo esté lo suficientemente convencido.

Es decir, me anima un cierto optimismo en cuanto a que finalmente España pueda contar con un Gobierno que no esté en funciones (que no es exactamente lo mismo que un Gobierno estable y que funcione), suponiendo que finalmente el PSOE coopere a ello con una abstención, que ahora niega, en la investidura de Rajoy. Pero no puedo extender este optimismo a los logros de una Legislatura que casi necesariamente será breve, bronca, marcada por la concepción de (al menos) dos Españas que cada día se nos muestran más diferentes: la que representan el PP, Ciudadanos y algunos partidos regionalistas, de un lado, y la de los que prometen ‘por imperativo legal’ y para cambiar la Constitución, por la otra parte. Creo que el PSOE está más del primer lado que del segundo, aunque, de la mano de su actual secretario general, anda saltando de Pinto a Valdemoro con el riesgo de caer al río.

Y ahí está la figura de Ana Pastor, a la que no puedo poner otra objeción política que el hecho de que, a mi entender y para mantener los equilibrios, la Cámara Baja debería estar presidida por una figura de la oposición; pero es una persona a la que no puedo poner ninguna otra tacha personal: sabrá negociar y mantenerse firme en medio del oleaje, posiblemente mejor que su jefe político. Pero la acompañarán los suyos en la hercúlea tarea? En fin: la duodécima Legislatura ha comenzado. Confiemos en que no tenga un final como el de su predecesora.

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