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Ausencias en la Ofrenda

Los alcaldes de Santiago y A Coruña
y la representación sociológica del vecindario

LA AUSENCIA de los alcaldes de Santiago y A Coruña, respectivamente Martiño Noriega –a quien correspondía el turno este año- y Xulio Ferreiro, de la tradicional ofrenda del Reino de Galicia que desde hace casi cuatro siglos se celebra en la Infraoctava del Corpus en la catedral de Lugo, y en la que siempre han participado los regidores de las siete ciudades históricas, merece alguna reflexión, al hilo precisamente de los motivos aducidos por ambos ediles, por un lado de respeto a un acto, en el que al mismo tiempo rechazan participar, aduciendo no sólo su propio programa, sino que entienden que es consecuente con el laicismo del Estado y de la acción política no sumarse en este tipo de eventos. El asunto está generando las más diversas posiciones en las redes sociales.

Hay dos cuestiones fundamentales a tratar. Primero, el alcance de su propia representación como “ediles máximos” de las ciudades de las que son alcaldes. Segundo, plantearse si –como en este caso- una tradición de tal peso histórico rebasa el sentido meramente religiosa o confesional de la Ofrenda o deviene en un evento sociocultural en enraizado en el ser colectivo de Galicia, de la que, a mi entender, ha sido expresión, incluso como un acto político, de visibilidad de una comunidad histórica, representada por siete de sus ciudades.

La segunda cuestión es, si cabe, más peliaguda y afecta al concepto mismo de “representación”. Como nos enseña Sartori, no son exactamente lo mismo la representación política, la legal y la sociológica. Ambos alcaldes poseen la plena legitimidad y representación legal, por cuanto han sido elegidos por un procedimiento democrático, vigente y legal. Nada que discutir. En cuanto a la representación política, se solapa obviamente con aquellos que los votaron y con quienes, los votaran o no coinciden en ideología. Tampoco hay duda, pero precisamente por la combinación de factores que nuestro sistema electoral permite, no siempre se ostenta, a la par que la representación legal, la sociológica.

Ya hemos visto cuántos alcanzan las alcaldías sin haber sido los candidatos ganadores de las elecciones o los más votados. Son otros factores los que operan en este caso. Por lo tanto, un alcalde puede serlo legítimamente sin que sus ideas o prejuicios, como en este caso, coincidan o puedan coincidir con la sociología o los sentimientos más arraigados de la mayoría de sus conciudadanos, en cuestiones como la que nos ocupa.

Los usos, las costumbres, en suma, determinadas tradiciones, son incluso fuentes de derecho en el sistema continental. ¿Por qué adoptar postura de tan radical ruptura con un acto cuyo simbolismo puede ser precisamente aceptado al margen de los religioso, simplemente, como expresión y reconocimiento de Galicia como realidad histórica, como antiguo Reino que tiene por emblema precisamente la custodia y un sembrado de cruces (a lo largo de los tiempos han sido varias, sin que ese adorno heráldico se puede interpretar, por cierto, como una cruz por cada ciudad)?

Y en todo caso, por respeto a esos ciudadanos que, como es evidente, y con independencia de sus sentimientos religiosos, gustan de mantener determinadas tradiciones, un político respetuoso debe, por encima de sus prejuicios, insisto, asumir su deber de no provocare innecesarias quiebras entre los vecinos. Y si es insuperable el rechazo a representar a su ciudad en un acto como el de Lugo, bien se puede delegar en otra persona que lo haga.

Hay un tercer asunto práctico. Martiño Noriega, alcalde de Santiago, ha perdido una ocasión excelente para, aprovechando el acto de la catedral de Lugo, lanzar un discurso civil, si se quiere, hablando con claridad y valentía. Un poco de cortesía nunca viene mal. Y hubiera quedado estupendamente.

Y convendría repasar ciertos tópicos sobre laicismo y sociedad civil. Algunas de las naciones más modernas y democráticas del mundo conservan tradiciones religiosas incluso en sus actos más emblemáticos: Los presidentes electos en Norteamérica juran su cargo con una biblia, el Congreso inicia sus sesiones con una oración. Barack Hussein Obama colocó su mano sobre la misma biblia que usó Abraham Lincoln en su investidura y jura como presidente número 45 de Estados Unidos.

Y una pregunta simple: si suprimimos determinadas tradiciones, que agradan a una parte de la población y a otros no, ¿pondremos algo en su lugar? O, simplemente, suprimimos y ya está. ¿Qué pasaría si nos cargamos el escudo de Galicia, que al fin y al cabo es una custodia, ya de paso?

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