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La gran depresión económica trajo también un cuestionamiento de los modos e incluso del propio sistema político actual. El crecimiento de nacionalismos y populismos, que obtienen representación parlamentaria significativa en varios países, la crisis identitaria de la socialdemocracia europea, incluido el socialismo español, el fenómeno Macron en Francia frente a los partidos tradicionales e incluso la efervescencia del secesionismo catalán pueden enmarcarse en un panorama de cambios y riesgos importantes en el mundo. Nuevos líderes políticos en España critican y cuestionan los valores y los logros de la transición democrática que siguió al franquismo, y piden el cambio de sistema que siguió a aquel proceso de reconciliación de las dos Españas. Esta nueva política plantea la necesidad de otra transición de ruptura en la que, sorprendentemente, se abren viejas heridas de un enfrentamiento civil que con la Constitución del 78 se consideraban cerradas. Al descontento social, a los excesos del sistema que mostró la crisis económica, se anunció respuesta desde las organizaciones tradicionales. Diez años después, lo que parece detectarse es la resistencia de quienes están instalados en las estructuras de poder de los partidos tradicionales o en las diferentes administraciones públicas a plantear al menos un paquete mínimo de reformas, como la adecuación de la vieja estructura centralista a la realidad autonómica y a los cambios demográficos. Unos cambios que transmitan voluntad de racionalización, de ahorro y eficiencia en la gestión pública y de ruptura con prácticas que son vías paralelas de financiación o de mantenimiento de estructuras de personal partidario. El discurso de Macron en Versalles, con independencia de la ejecución que tenga, en España no se ha producido. Y el silencio reformista da alas al populismo radical.

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