Opinión

Adelina 'La Jabalina'

▶ Esta es la historia de una mujer de Xeve que un buen día decidió vivir como una pobre de solemnidad siendo rica y llegó a aterrorizar a los niños allá por donde pasaba. Un personaje que pervive en el recuerdo de varias generaciones

EN SU TIEMPO Xeve tenía Ayuntamiento propio, que incluía a Verducido, santa maría y san Andrés. Dejó de ser Ayuntamiento el 1 de agosto del año 1944 y se anexionó al de pontevedra, del que depende ahora. De allí era oriundo el gaiteiro Pepe Poceiro, del que viene a cuento la siguiente anécdota: en 1913, un joven de 18 años de Barbeitos atracó una joyería y se llevó un botín de 250 pesetas. Con ese dinero le compró a pepe poceiro una gaita de 125 pesetas, un bombo y un tamboril; también compró un revolver y tabaco. Cuando fue detenido llevaba la gaita encima.

Pero volviendo a nuestra historia, la de La Jabalina, nadie parece saber con certeza el motivo por el cual parte de su cerebro desconectó de la realidad, pero cuando sucedió estaba a la altura del hombre del saco o del coco que tanto nos asustaba. A los niños de pontevedra le decían: "Como no te portes bien, viene la Jabalina y te lleva".

Adelina Franco (La Jabalina) nació en el seno de una familia acomodada en Santa María de Xeve alrededor del año 1912, en una casa con una finca muy grande. Los únicos datos que tengo son que era hija única de Ramón Franco y Adelina y estudió en la escuela de los padres de Maruja Ameijeiras, que recuerda que cantaba muy bien los domingos en la iglesia. Los que la conocieron la describen como alta, para una mujer de aquella época, de buena figura y guapa.

Cuando falleció su madre se quedó muy afectada, le cambió el carácter y se volvió muy desconfiada; algunos piensan que a partir de ese momento su cordura desapareció. Siguió viviendo con su padre pero por poco tiempo porque, un buen día, este desapareció de su casa y nadie más volvió a saber de él. Adelina nunca explicó qué había pasado. Cuando Dolores Fontán Fontán, una vecina suya, le preguntaba —pero ti que fixeches co teu pai, que non dixeches?— ella, cada vez que no le convenía la pregunta, no contestaba nada. Pero Dolores insistía —pero ti tes que dicir que fixeches co teu pai. Embarcáchelo, ou que?—, a lo que entonces ella respondía muy seria —si, embarqueino—. Dolores replicaba —E non me podías embarcar a min tamén?—, a lo que respondía Adelina muy seria —non. Xa teño a embarcación completa—. Un día de broma Manuel Fontán, el hijo de Dolores, le dio un papel en blanco y le dijo que escribiera su nombre, después él lo rellenó con un texto y le dijo —Alá vai, xa quedaches sen nada—, y Adelina, desesperada, le decía— Rapaz, que fixeches aí, rapaz, tráeme aquí ese papel—, pensando que se quedaba sin sus tierras.

Aunque heredó las propiedades de su padre, casa y fincas, en su locura ya vestía como una pobre. Los que la conocieron la describen en los primeros años vestida de negro con pañoleta y un hatillo y, como no se lavaba nunca, despedía un hedor indescriptible. Cuando estaba en su aldea tenía respuestas rápidas para todo. Adelina tenía robledas y cuando le decían —Adelina, por que non me vendes as ramas do carballo... e se non xa o carballo cortado polo pé?—, ella respondía —“non, iso non, porque así véndese unha vez e nada máis... Eu véndolle as ramas se as quere para leña—, porque así tendría siempre ramas para vender. A pesar de tener fincas nunca quiso vender ninguna. Cuando le preguntaban por sus propiedades o sobre su aseo personal, ella siempre respondía: —mira, ti goberna a túa vida, que a miña xa a goberno eu—.

La pillaron muchas veces en el tren de pontevedra sin billete, pero cuando el revisor la echaba, ella esperaba al siguiente y se volvía a subir. iba de casa en casa y dormía en cualquier sitio; cuando paraba en la casa de su vecina Dolores entraba y pedía —Dame unha cunquiña de viño, anda... véndema, véndema—, y para asegurase decía —Vaiche pola almiña de quen che vai alá—. Le dieron de comer muchas veces caldo con una cunca de vino, pero no la dejaban entrar en las casas porque olía muy mal. —Está moi bo—, decía ella mientras comía y bebía, y al terminar —Véndeme outra cun quiña—, pero Dolores le avisaba: —Adelina, vaiche facer mal—.

En su soledad, le acompañaba un perro pequeño al que llamaba Luisiño, con el que paraba en la tienda de Verducido, y a veces murmuraba: “o meu filliño Luisiño/o meu canciño bonitiño”. Era normal que Adelina desapareciera durante días de Xeve y nadie sabía a dónde iba. Bajaba caminando a pontevedra, pero que una mujer anduviera sola por ahí no se veía bien, y deambulaba por la zona de O Burgo, A Seca o Lérez. En pontevedra trabajó de aguadora en la fuente de la calle Real y llegó a asistir en alguna casa, pero tuvo algún que otro problema con las otras aguadoras por su mal carácter.

En Pontevedra le daban de vez en cuando una taza de caldo en alguna casa y dormía bajo el puente del Gafos a la altura de la carretera de Marín. En aquellos años se organizaban campañas de desratización en los márgenes de los ríos, y el Gafos era uno de ellos. Adelina tenía bajo el puente instalado un pequeño campamento con trapos colgando, a modo de cortina, y algunos enseres, pero, poco antes de morir, ardió todo en un incendio provocado.

En Xeve alguna vez le preguntaron —Adelina, e ti por que non te casaches?, non tiveches mozo? Ella respondía: —non, non. non quixen nin quero, porque eu son moi grande. Eu non quero ter fillos porque quería que a raza miña se acabe en min, e ningún alto éche listo—.

Se paseaba por Campolongo, cuando el lugar aún no estaba edificado, y solían verla sentada sobre una piedra hablando sola. Comentan que, aún en esas deplorables condiciones, sus rasgos de mujer ya mayor mantenían un toque de belleza perdida por el paso del tiempo y la locura. Su abandono era tal que vestía con arpilleras y remiendos cosidos con alambre.

Me dicen que era muy amiga de Juanita "la camarera", que trabajaba en el trasatlántico de Vigo Santa María, que hacía la ruta Madrid-Lisboa, y alguna vez iban juntas al Tropezón llevando algo de comida para que se la calentaran.

Con los años su mirada se volvió triste y caminaba con un palo, a modo de bastón, porque se cansaba mucho. Adelina murió en Xeve, en un pajar de una casa, a principios de los años sesenta aproximadamente. no tenía hijos ni familia cercana, pero sí parientes lejanos en San Andrés de Xeve.

Mi agradecimiento a la familia Rivas Fontán y a Maruja Ameijeiras por el tiempo que me dedicaron para escribir estas líneas en recuerdo de Adelina Franco.

Fuentes: Benito Hermida, maruja Ameijeiras, Ángela Rivas Fontán, José Lamoso, manolo Castro y El Correo de Galicia.

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