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Turismofobia

El debate se abrió de una forma inadecuada. Miembro de Arran, cachorrilos de la CUP, asaltaron un autobús turístico en Barcelona, impidieron el recorrido previsto pinchándole una o varias ruedas, expulsaron a los ocupantes e hicieron alguna pintada en el vehículo acusando al turismo de matar los barrios. Pues muy mal, claro está. Poco después la emprendieron con la flota de una empresa que alquila bicicletas. Las acciones continuaron y fueron extendiéndose por otros territorios del imperio.

Pero aunque el debate se abrió de manera delictiva, es un debate pertinente, y así lo han entendido muchos ciudadanos y algún que otro responsable político. Muchos lo han abordado tomándola con los turistas. Con todos ellos, como si fuera lo mismo una familia de franceses que vienen a conocer Oviedo o Valencia que un grupo de ingleses que contratan un paquete por dos pesetas y vienen a comprar cubalitros baratos y a invadir terrazas haciendo volar sillas y mesas, incomodando a los vecinos vomitando en sus portales. Estar contra el turismo es como estar contra la naturaleza, como si fuera lo mismo acabar con una plaga de cucarachas en una vivienda que matar a palos a un cervatillo que pasea grácilmente por un campo de mimosas.

En Galicia no lo entendemos del todo porque tenemos una relación estable con el turismo. Incluso en Compostela, donde se concentran los turistas en mayor número, las molestias que ocasionan son menores que los beneficios que dejan, aunque habitualmente sufren la masificación. Bien, tienen la catedral. Nadie les mandó construirla en Compostela. Pero hay un equilibrio. Usted aguanta a los turistas, incluso en época de aglomeraciones, mientras les vende camisetas o una ración de calamares. En tanto el equilibrio se mantenga, no habrá mayor problema y todo seguirá resolviéndose adecuadamente, pues todos salimos ganando.

Lo que se debate en otras zonas es el modelo de turismo. A mí me encanta ver Pontevedra cargada de turistas. Otra cosa sería si yo estuviera tomándome una caña con mi familia en A Verdura y apareciera una horda de muchachos y muchachas borrachas expulsando a mi familia de la plaza, mostrando lo bárbaros que pueden llegar a ser, gritando día y noche, llenando mi portal de caca. Haciendo, en definitiva, todo aquello que no pueden hacer en sus lugares de origen sin ser llevados inmediatamente a una comisaría. Por fortuna eso aquí en Galicia no pasa, por lo que nos cuesta entender qué tienen otros contra el turismo. Pues que una buena parte de los turistas son una panda de indeseables que vienen a lo que vienen, que no es precisamente a conocer un lugar nuevo, su historia, su cultura, sus playas, sus monumentos o su gastronomía.

Pero no estamos libres de que eso pueda llegar a sucedernos. Basta con que tres o cuatro operadores empiecen a vender Galicia como el país donde uno puede emprender un viaje iniciático hacia la estupidez. Inmediatamente aparecerán cuatro hosteleros que los acogerán, porque tienen que vivir, y les darán cubatas a dos duros. Expulsarán a los turistas de verdad, los que nos interesan, y convertirán nuestras ciudades en lugares donde es imposible vivir y convivir.

Eso es lo que muchos quieren discutir. Qué tipo de turistas son aceptables y cuáles son tan repudiables como los cacorros de la CUP, que confunden a un crucerista que viene a gastarse su dinero sin meterse con nadie, o a un peregrino, con un idiota que viene a hacer balconing. Que por ahora éste sea un debate que no nos concierne a los gallegos no significa que no pueda afectarnos en un futuro próximo. Y es que hay una diferencia entre la turismofobia, que propone que nadie venga a visitarnos, y la búsqueda de un modelo racional y enriquecedor, como el que disfrutamos de momento por aquí. Yo veo en Pontevedra los hoteles llenos. He hablado con hosteleros que me dicen que están viviendo uno de los mejores años que recuerdan.

Incluso en los lugares donde el debate se ha abierto de forma serena, sin violencia, empiezan a estar hartos del turismo de borrachera que además de no dejar un céntimo, degrada las ciudades e impide a los lugareños vivir en paz, convertidos en prisioneros en sus propias casas mientras los turistas conquistan y destrozan como vikingos. Es muy fácil desde aquí ver una pintada a novecientos kilómetros renegando del turismo y pensar que quienes las hacen son idiotas, como si todos los turistas fueran los mismos que vienen a Pontevedra.

A nosotros, que nos duren los buenos turistas, no vaya a ser que de tanto criticar a catalanes, valencianos o mallorquines, alguien dirija la mirada a Galicia y se le ocurra traernos aquí a las manadas de descerebrados que vendrán a romper nuestra tradicional armonía veraniega. Aquí de toda la vida se viene a comer marisco y a conocer el mejor país del mundo, no a destrozarlo. Y es que, por pura lógica, si esto se llenara, Dios no lo quiera de un turismo masivo y de mala calidad, me quejaría.

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