Opinión

Guerra de civilizaciones

LA DECLARACIÓN del líder de los islamitas afirmando que la religión islámica es una teología de la guerra y que propicia la implantación universal del Islam, es más que cuestionable al justificar los conflictos armados, el terrorismo o la corrupción. Las declaraciones de dicho ayatolá, de cuyo nombre no quiero acordarme, reavivan una serie de ideas que desde hace mucho tiempo vienen rondando en la mente de muchos pensadores actuales.

Antonio Maura en su Discurso en el Teatro Centro decía que ''sólo las religiones, embargando toda el alma, dominan y rigen las voluntades y conciertan la vida de los pueblos''. Algo que sucede sobre todo cuando la religión cae en manos de ayatolás ignorantes, que buscan el poder universal y absoluto. En Occidente, gracias a Dios, las religiones han avanzado y huido del fanatismo, alejando a sus creyentes de ese sentimiento de dependencia y generando principios universales libres. Mientras en el Islam se implanta ese sentimiento de dependencia mediante el subdesarrollo.

Muchos éramos los que pensábamos que las guerras de religiones se habían terminado, que el Mundo se encaminaba hacia la paz global, gracias a la universalización de la cultura. Swift afirmaba que ''tenemos  suficiente religión para odiarnos pero no bastante como para hacer  que nos amemos''.

Los acontecimientos bélicos, en todas sus modalidades, nos llevan a la revisión actualizada de  la teoría del complot islámico y del choque de civilizaciones que se planteó en 1990 para proporcionar una ideología de repuesto al complejo militar e industrial estadounidense después del derrumbe de la URSS. El orientalista Bernard Lewis, el estratega estadounidense Samuel Huntington y el francés Laurent Murawiec fueron los principales creadores de esta teoría que permite justificar, de forma no siempre racional, la cruzada estadounidense por el petróleo y contra el islam extremista.

El mundo árabe-musulmán habría entrado así en guerra con el mundo judeocristiano. Dicho enfrentamiento no podría encontrar más solución que la victoria de uno en detrimento del otro: triunfo del Islam con la imposición de un Califato mundial (o sea, de un Imperio islámico) o victoria de los valores de Norteamérica compartidos con un Islam modernizado en un mundo globalizado.

La teoría de un complot islámico y de un choque de civilizaciones propone una explicación del mundo y establece un ordenamiento mundial a partir de la desaparición de la URSS. No existe ya el enfrentamiento este-oeste entre dos superpotencias con ideologías antagónicas sino una guerra entre dos civilizaciones, o más bien entre la civilización moderna y una arcaica de barbarie.

Durante las dos primeras guerras mundiales, coaliciones militares se enfrentaban en un combate de titanes. Durante la guerra fría, los combates militares se limitan a zonas periféricas o a conflictos de baja intensidad (guerrillas) mientras que el enfrentamiento central opone ideológicamente a dos superpotencias. Durante la Cuarta Guerra Mundial que acaba de comenzar, las batalles militares clásicas desaparecen para dar paso a guerras asimétricas: una potencia única, líder de todos los Estados, combate contra un terrorismo no estatal omnipresente.

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