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La epidemia

AUNQUE LAS campañas electorales ya no son tan invasivas, ni generan tanto ruido callejero, sino más bien televisivo, algunos ciudadanos pensamos que esta forma de hacer política perjudica seriamente la salud. El primer síntoma del afectado por la epidemia es un fallo en el sistema neuronal, provocado por el discurso cansino de su candidato, que le anula el sistema de autocrítica y le hace creer sus sueños de papel. Con los sesos absorbidos por las consignas, el paciente se instala en el maniqueísmo. Ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Detecta con meridiana claridad los errores del adversario, pero no las corrupciones y chapuzas de los suyos. En ese proceso de idiotización, el convaleciente suele perder las formas ante quienes discrepan con sus proclamas, aunque obedezcan a estrategias jerárquicas o a su interés personal por alguna prebenda. Se desespera porque sus contertulios no entienden que el futuro es su partido o el desastre, como reitera con énfasis en cada acto su candidato a la presidencia. Menos mal que ese ambiente bélico se disipa cuando dejan de sonar los tambores de guerra y vuelve a la normalidad. Al día siguiente de los comicios se olvidan los programas y el devenir parlamentario nos recuerda la famosa frase de Groucho Marx: «Estos son mis principios, pero tengo otros». Pese a ello, el enfermo no siempre se recupera de esa confusión mental que le lleva a confundir los intereses políticos con el bien común.

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