Opinión

La fábula del ogro

Sobre Carrero Blanco y la teoría de la conspiración. De franquismo, amnistía de 1977, transición y la democracia de hoy
Lugar del atentado que costó la vida al presidente del Gobierno, el almirante Carrero Blanco en 1973.
photo_camera Lugar del atentado que costó la vida al almirante Carrero Blanco en 1973.

De la historia se aprende o no se aprende, pero en los documentos sin desclasificar y en los libros de texto queda escrita para que las generaciones venideras interpreten la verdad objetiva con fidelidad a la memoria histórica o la desmemoria democrática. Esta semana se han cumplido 50 años del asesinato de Carrero Blanco, 50 años del magnicidio del presidente del Gobierno de Franco al que sucedió Arias Navarro. Y cinco décadas después se siguen alimentando teorías de la conspiración más allá del atentado terrorista reivindicado por Eta, como ocurre en EE.UU. con el asesinato de Kennedy.

También en España se ha hablado estos días de la CIA, de la incapacidad de Eta para llevar a cabo semejante acción terrorista de precisión aquel 20 de diciembre de 1973, de la reunión de Carrero con Kissinger horas antes en Madrid y de la proximidad de la embajada americana en la calle Serrano de la capital, muy cerca del lugar del atentado, en pleno corazón del barrio de Salamanca.

Dos años después del magnicidio, el dictador murió en la cama del hospital y Arias Navarro pronunciaría en la televisión con pucheritos lacrimógenos la célebre frase: "Españoles, Franco ha muerto".

Días después del asesinato de Carrero, el futuro presidente Arias Navarro reía a mandíbula suelta junto a Carmen Polo en una foto captada en el palacio de El Pardo sobre la que documentales y múltiples reportajes han elucubrado hasta el desvarío conspiranoico.

Quisiera o no Carrero Blanco la transformación de la dictadura en una monarquía sucesoria del rey Juan Carlos diseñada por Franco, lo cierto es que fue asesinado, y nadie del régimen, de la Transición y de la posterior democracia quiso escarbar demasiado en el cráter de la calle Claudio Coello esquina a Maldonado, en las traseras de la iglesia de San Francisco Borja donde el almirante acababa de escuchar misa como cada mañana de Dios antes de que su coche, su vida y las vidas de su escolta y su conductor saltaran por los aires y volaran al infierno de la muerte, muy cerca del cielo en el que los terroristas llegaron a comulgar junto a él.

El Dodge de Carrero se elevó 23 metros por encima del colegio de los Jesuitas impulsado por 75 kilos de goma 2 hasta caer en la cornisa de un patio interior. Y en ese momento, con el mayor golpe terrorista al régimen franquista desde el final de la Guerra Civil en 1939, comenzó el principio del fin de la dictadura y sobrevinieron las mil intrigas hasta que Franco murió el 20 de noviembre de 1975 y Juan Carlos fue proclamado rey de España el 22 de noviembre tras jurar los Principios del Movimiento Nacional destinados a perpetuar el franquismo.

Después vinieron Adolfo Suárez en 1976, la Transición y legalización del PCE, las primeras elecciones democráticas de 1977, la amnistía del mismo año de la que se benefició el comando etarra que ejecutó la operación terrorista Ogro contra Carrero y la Constitución del 78 ahora tan de moda.

Cinco décadas después, España es una democracia imperfecta en la que seguimos hablando de Eta, la organización terrorista que con el atentado de Carrero dijo luchar contra la dictadura, pero que en realidad cometió casi 900 asesinatos más, muchos sin esclarecer, haciendo de la democracia y los españoles sus principales víctimas y enemigos.

Ahora, los herederos políticos de Eta participan de las instituciones y de los beneficios de la democracia y son socios prioritarios del Gobierno de Pedro Sánchez, que les ha entregado la alcaldía de Pamplona en espera de que el tiempo, las cesiones al chantaje y la llamada disposición transitoria cuarta de la Constitución faciliten la anexión de Navarra al País Vasco.

Bildu, que llevó en sus recientes listas electorales a numerosos terroristas de ETA, es el pacificador político de la banda armada que asesinó a derechas e izquierdas a ciudadanos inocentes con la frialdad del tiro en la nuca o del cochebomba.

Hablamos 50 años después de la misma organización terrorista que secuestró, torturó, cobró el llamado impuesto revolucionario y expulsó de su tierra a cerca de 200.000 vascos bajo la presión de la amenaza, la extorsión y el terror, lo que da cuenta de la traición y falta de moralidad de los pactos de Sánchez para las víctimas de Eta. Además de la foto Sánchez-Feijóo, como se ve, en el álbum de España hay otros instantes congelados.

La operación Ogro con la que el comando etarra bautizó el atentado de Carrero sigue siendo hoy un enigma. Solo el etarra Argala, asesinado en 1978 por el Batallón Vasco Español, vio la cara del hombre de gris que entregó horario, ruta y planificación del atentado contra Carrero, que iba a ser secuestrado como almirante y terminó asesinado como presidente.

Los fallos policiales de escolta y seguridad a cargo de su sucesor Arias Navarro, la reacción de Franco diciendo "son cosas que pasan, qué se le va a hacer", la reivindicación de Eta en Francia y el papel díscolo del embajador Cortina Mauri que sucedió en Exteriores a López Rodó y volvió a España cuando había posibilidad de detener a los etarras y otros muchos aspectos sospechosos traen al presente un pasado tenebroso con la fábula del ogro.

El Gobierno del muro

Pedro Sánchez ha levantado un muro contra más de la mitad de los españoles que no lo votan y que protestan en la calle en ejercicio de su libertad contra la ley de amnistía, la entrega de Pamplona a Bildu y otras actuaciones que se encuentran fuera del interés general y del bien común de la ciudadanía. A Sánchez se le reprochan sus mentiras y engaños, su falta de empatía con la democracia y su pérdida de credibilidad por pura conveniencia personal para permanecer en la Moncloa. En su lógica ética vocacionalmente partidista, Sánchez retuerce la Constitución y los resortes morales de la gobernanza para obtener rédito ventajista y destruir a la oposición a base de pactar con minorías legales (Junts, ERC y Bildu) cuyo comportamiento ha sido ilegal, según sentencias de la Justicia. Sánchez ha vendido como un éxito su deficitaria presidencia europea, y distrae al personal con reuniones a gogó, desde Aragonés a Feijóo, para blanquear futuras fotos con Puigdemont. Y desde el muro, un sonriente Pedro Sánchez trató de hacer cara con la perra gorda, si bien el resultado fue una cruz o el canto de un duro tras verse obligado al territorio neutral del Congreso para reunirse con Feijóo.

La oposición frontal

Alberto Núñez Feijóo ha diseñado una oposición frontal y de resistencia ante lo que Génova considera "abusos permanentes del sanchismo y sus socios". No se fiaba de la "reunión trampa", de ahí el orden del día precediendo el encuentro del viernes. La oposición se ha hecho fuerte en la calle ante el clamor popular y ha puesto en marcha toda la maquinaria parlamentaria española y europea para denunciar la inconstitucionalidad de la amnistía y frenar los tics autoritarios y autocráticos del llamado régimen del Sánchezmont. En ese desafío se enmarcan las elecciones gallegas convocadas por Alfonso Rueda para el 18 de febrero. Como estampa del muro sanitario levantado por Sánchez, la foto desenfocada del Congreso sin consenso de normalidad. Moncloa teme el pronunciamiento de la Comisión Venecia (Consejo Europeo de la UE) sobre la Ley de Amnistía a petición de la Mesa del Senado español en el que el PP tiene mayoría y acepta otro mediador para renovar el CGPJ: la Comisión Europea. Feijóo no se fía de Sánchez dados los precedentes. Acudió a la cita con Sánchez bajo "un escudo frente al muro" con el que proteger los principios y valores democráticos y constitucionales.

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