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La operación Illa

El exministro candidato presume de gestión covid. Ni autocrítica ni mea culpa pese a los peores datos de la UE
Salvador Illa. EFE
Salvador Illa. EFE

Es de suponer que Salvador Illa ha actuado con buena voluntad y la mejor disposición ética para combatir el coronavirus. Seguro que Fernando Simón no obró con negligencia premeditada a sabiendas de la mortalidad devastadora que portaba la pandemia, y que sus pronósticos fueron errores de cálculo sin mala intención. Incluso Pedro Sánchez, acostumbrado a no perder el sueño, habrá pasado largas noches de insomnio durante el confinamiento por culpa de esta plaga del nuevo milenio que se mantiene amenazante sobre nosotros. Pero una cosa es la razonable obligación como cargo público y otra el acierto en gestión que demuestres en una situación de emergencia sanitaria como la provocada por la covid-19. Una cosa es poner voluntad y otra es que tu desempeño público no frene los efectos de la pandemia. Una cosa es errar sin malicia ni premeditación y otra mentir con descaro sobre las más de 80.000 víctimas reales por coronavirus. Una cosa es la dificultad evidente y compartida de combatir una pandemia global y otra muy distinta coronarte como el peor gestor de Europa y uno de los peores del mundo en el ránking de fallecimientos por cada 100.000 habitantes mientras propagandeas lo contrario.

Lo que ha pasado y está pasando en España no es un ejemplo de transparencia ni una actuación modélica de los poderes públicos en la lucha contra la pandemia, incluidos los gestores autonómicos y municipales. Pero en el caso del Gobierno central es mayormente grave porque deben ser Sánchez y sus ministros los que lideren y coordinen la respuesta a una pandemia internacional, y no lo han hecho con demasiada habilidad. Primero nos confinaron en el estado de alarma más largo de las democracias europeas sin la eficacia debida contra la mortalidad covid y usando el rodillo ley como encubrimiento de finalidad política ajena a la epidemia. Después se dio rienda suelta a una consigna según la cual habíamos vencido el virus y salíamos más fuertes, lo que no era cierto como quedó y queda demostrado. Sin duda, esa mentira de rebaño provocó un errático comportamiento social que nos pasó factura con la segunda y la tercera ola y un considerable incremento del número de contagios y muertos. Y por si todo eso no fuera poco, el Gobierno de Sánchez en el que Illa ocupaba el Ministerio de Sanidad se inventó la supuesta nueva normalidad de la cogobernanza haciendo dejación de funciones para descargar su propia responsabilidad en las comunidades autónomas haciéndolas partícipes de la inacción y los sucesivos errores de La Moncloa. Todo eso salpicado de los Aló presidente y propaganda, de un sostenido y continuado engaño masivo aprovechando el bloqueo emocional y la indefensión social, y de una crisis económica a la que se le da respuesta con reparto partidista de los fondos europeos de reconstrucción mientras los parados se maquillan con los ertes de la maligna reforma laboral y las colas del hambre se volvían kilométricas. Todo ello trufado de doble moral, de retraso en las decisiones y actuaciones gubernamentales priorizando la ideología como en el 8-M y castigando a autonomías como Madrid, que sufrió un impositivo 155 sanitario presentado mejores datos que otras comunidades gobernadas por el sanchismo y sus socios.

Salvo por el acoso a Madrid, no parece que Illa pueda sacar pecho en su marcha victoriosa sobre Cataluña como si fuera el Tarradellas socialista traspasando el arco del triunfo en su feliz regreso electoral con la señera en una mano y la estelada en su mochila. La operación Illa emula de forma inversa a la operación Roca, pero ha sido y es una muestra más de cómo en medio de una pandemia trágica se utilizan los resortes gubernamentales en beneficio partidista. El efecto vacuna se ha malogrado con la escasez de dosis pese al triunfalismo oficial. Y las dudas sobre la fecha de las elecciones catalanas ha hecho tambalear el tinglado electoral orquestado desde La Moncloa a través del ministro candidato Illa.

De ahí que para no quedar en el limbo de la evidencia, Salvador Illa ha tenido que dejar su cartera en manos de Carolina Darias con los extravagantes deseos de que se "divierta" en medio de tanto dramatismo mortuorio. De las tres cosas que hay en la vida, la salud es lo primero. Y esa incuestionable certeza debe regir los criterios de nuestros gobernantes, sean del color que sean, en una situación de trágica pandemia como la que vivimos. Por delante de cualquier consideración política e ideológica está lo sanitario. Y eso se ha olvidado a menudo en la era del coronavirus, lo que resta brillantez a la operación Illa. Al exministro candidato lo describen como un político de buenas formas y voz pausada, pero eso en una crisis como la del coronavirus no garantiza el éxito de esa gestión tan cuestionada. Como filósofo, Illa sabe que hace falta algo más que hablar bajito para cumplir con la obligación de cargo público. No basta la retórica, sino que se necesita acierto. Y sin duda el candidato Illa no ha sido precisamente un prodigio de virtudes y eficacia en la lucha contra el coronavirus. O sea, que la operación Illa no maravilla.

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