Opinión

La pasarela Moncloa

Desfile de moda y alta política. La primera semana del nuevo Ejecutivo Frankensmont transcurrió entre el escaparate y el márketing
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a sus 22 ministros. JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)
photo_camera El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a sus 22 ministros. JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)

ADEMÁS DE la mentira, el engaño y otras novedosas maneras de conservar el poder a cambio de impunidad, amnistía y decenas de miles de millones, debemos reconocerle a Pedro Sánchez que ha hecho del Gobierno un espectáculo televisivo concebido únicamente para la propaganda. Su concepto de la política va más allá de la falta de escrúpulos para incorporar lo que en términos artísticos se llama simple y llanamente show.

El show es un espectáculo de variedades destinado a destacar la figura del artista, que es él, con la voluntad de llamar la atención y causar asombro, en este caso escándalo. Escándalo ya no sólo por lo que se deriva de sus pactos con el prófugo, los republicanos golpistas indultados, los herederos de Eta y los comunistas de alta costura, sino también por todo lo que eso significa en desigualdad, ruptura de la separación de poderes, vulneración del Estado de derecho y deslealtad a la Constitución y al Rey, corregido en su llamamiento al orden constitucional del 3 de octubre de 2017.

Así que, cada vez que Sánchez forma Gobierno, los creativos de Moncloa se sienten en la obligación de empezar el mandato montando un desfile de moda, con sus sonrisitas y su canesú, que lejos de causar admiración provoca un escandaloso asombro para festín del régimen Frankensmont y de las televisiones.

Los ministros y ministras, ahora sin Podemos se supone que ya no quedan ministres, sacan sus mejores saleros y andares para adentrarse en el peligroso mundo de la apariencia con la intención de gustar y distraer la atención de lo que importa, que es su preparación para la gestión del bien común y del interés general.

Es decir, lo superficial por encima de lo esencial, la forma con la que disimular el verdadero fondo de las cesiones, la contemplación de lo estético a costa de la carencia intelectual del conocimiento en lo público. Pasarela Moncloa es la nueva competencia de la Madrid Fushion Week, antes Cibeles. Pasarela Moncloa como proyección internacional de una imagen de España sustentada en la fragilidad programática y la traición al Estado y a la palabra dada. Pasarela Moncloa como catetada expositiva que nos deja por los suelos si pensamos en las semanas de la moda de París, Nueva York o Milán y los respectivos gobiernos francés, estadounidense e italiano.

Difícil imaginarse a Macron, Biden o Meloni exponiendo a sus ministros ante los focos de la fama y el ridículo. Imposible que la sosería germana de Scholz se preste a este grotesco teatrillo gubernamental que nos entretiene en el adorno superficial sin entrar en el meollo de la cuestión, como es el alcance de una amnistía que la UE, el Poder Judicial y la calle vigilarán con lupa, ya que las trampas de la aritmética parlamentaria y el letrado mayor de la trola convierten en legal lo que ayer era inconstitucional.

El modisto que no da puntada sin hilo ha convertido sus actuaciones en un atelier publicitario extremo. Verbigracia: viaje a Israel y Gaza en plan estadista pacifista comparando indebidamente Eta y Hamás. El galán de la pasarela Moncloa se mueve en sus desfiles internacionales como un actor en periodo de prueba que intenta gustar sabiendo que sólo es la estrella invitada de esa mitad echada al monte cuyo modus operandi es el cordón sanitario a la oposición de derechas que siempre etiqueta como extrema, ultra y reaccionaria, justo lo que son los socios de Sánchez.

De forma que todos los ministros replicantes se vistieron de traje y corbata como el líder para desfilar por los jardines monclovitas y posar en la escalinata del indecoro pactista que les ha llevado hasta el Ejecutivo siendo los perdedores de las elecciones.

Es verdad, como decía el fotomontaje del PP pasado de frenada y retirado en tiempo récord como la declaración unilateral de independencia, que en la foto de la Moncloa faltaban Otegui, Puigdemont y Junqueras. Pero aún sin ellos, sin el mediador y sin la estelada, la pasarela Moncloa tenía por sí sola su atractivo por la variedad de modelitos fantasma que ofreció al perplejo pueblo llano.

El atrevido pantalón de tirantes y blusa satén en plan mosquetera de Yolanda Díaz prueba que aspira a ser la nueva Claudia Schiffer del Frankensmont. Vestida de rojo chillón, para lo bueno y lo malo, Mónica García promete grandes tardes de gloria en Sanidad con sus huelgas de batas blancas a cuestas.

En espera de la tocata y fuga al Banco Europeo de Inversiones, Nadia Calviño parecía Heidi Klum al lado de Teresa Ribera. Y qué decir de Oscar Puente, que parece el guardaespaldas infiltrado, o de Félix Bolaños, que acumula tantos cargos y ministerios para blindar a Sánchez, que no le caben en los contactos del móvil o la cartera de ministro de todo.

Pasarela Moncloa, el nuevo foro de la moda política, es como el camarote de los Hermanos Marx y Engels, porque son tantos que casi no caben en el manifiesto socialcomunista de la foto, y mucho menos en la mesa del Consejo de Ministros que nunca estuvo concebida para tanta multitud. Pasarela Cibeles es el show que nos distrae cada arranque de legislatura con Sánchez de maestro de ceremonias haciendo saltar las pulgas de su circo como Chaplin en Candilejas. Tan cómico y tan triste al mismo tiempo.

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