Opinión

Desde Lisboa, en modelo António

Fisonomía del modelo portugués frente a la España sanchista. Política y economía realistas contra el márketing
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AQUELLA LISBOA decadente, desarreglada y prima hermana de La Habana, ha abandonado el malecón de cola de la UE para convertirse en una capital pujante, alegre y próspera. Hace apenas 20 años Lisboa estaba destartalada como una guagua sin recambios, pero el Portugal capitalino luce en 2022 con lustre turístico, con una pasión indómita por agradar al visitante y crecer sin la tutela ibérica de la vecina España ni el yugo al que Pedro Sánchez lo quiere sujetar. Cuando el dimitido Mario Draghi confundió al primer ministro portugués con Sánchez al llamarle Antonio en vez de Pedro en medio de aquel vodevil del topaje del gas que de nada ha servido a los españoles, estaba fotografiando una realidad objetiva: que el Portugal socialista crece y prospera en el objetivo del bienestar común anterior a la pandemia mientras la España sanchista va dando tumbos económicos y políticos sin un rumbo claro ni ese beneficio social que tanto predican las políticas de izquierdas. Por todo eso y mucho más que diría la canción, un fado de felicidad incompleta abandona la tristeza de Amália Rodrigues para dejar el pasodoble español en la interpretación libre, deprimida y accidentada del sanchismo socialcomunista fallido. Desde Lisboa, con admiración hacia el modelo Antonio, caligrafío hoy los renglones horizontales de este Trazado, con la agradable sorpresa de un Portugal emergente que deja al descubierto la ficción de la España de hoy, sometida al interés personal de un presidencialismo mal entendido, empeñado en su propia supervivencia, y no en la de los ciudadanos.

La cosa empezó con la oscuridad de un insomnio y ahora estamos en el apagón de los escaparates. Y la democracia se hizo noche, y en la penumbra de la mentira discurre la vida de los españoles en su relación de engañifa con los actuales gobernantes. Ha durado poco la felicidad publicitaria del staff de la Moncloa: tras vendernos las excelencias de una reformita laboral con la Epa trucada de los fijos discontinuos, va el mes de julio a amargarle las vacaciones a los propagandistas del sanchismo con una subida del paro que nos mantiene como campeones de desempleo de la UE. Pese a todas las paguitas de mercadeo electoral, el alquiler de las viviendas sube sin parar y los billetes de Renfe requieren fianza, como si los ciudadanos fueran sospechosos habituales para quienes pactan con los herederos de Eta y los sediciosos indultados. Tan sospechosos que lo de los 680 millones defraudados a los andaluces con los Ere resulta una ofensa en la boca de esos que dicen que es una cosita de nada comparada con la corrupción de sus rivales políticos porque Chaves y Griñán no se han llevado un euro.

España va camino de convertirse en un estado inviable… sin corbatas, sin aire acondicionado y sin calefacción. Seremos un país descamisado, con escaparates a media luz iluminados por el alumbrado público. Si pudiera, Sánchez impondría por decreto la erradicación del cambio climático para convertirnos en una nación sin incendios forestales. Si pudiera, Sánchez eliminaría por decreto la inflación desbocada del 10,8 para tapar que los precios nos acorralan con políticas de despilfarro y erráticas reincidentes. Si pudiera, dice el fado español, Pedro Antonio nos deja en pelotas para que el ahorro impositivo sea al fin el gran acierto de su gobernanza descarriada. Y mientras Yolanda suma y Podemos resta, Sánchez divide con su política de pactos. De modo que una envidia sana incomoda al ver que este Portugal de Antonio empieza a ser igual o mejor que la España de como Pedro por su casa. Lo repito una vez más: a veces la realidad y la verdad son lo que parecen, y como telegrafió el dimitido Draghi, Pedro Antonio está dejando España como el solar de ZP, completamente sumido en un déficit público que el zapaterismo escondió bajo la alfombra del plan E y otros desaciertos que tanto se parecen a los de ahora.

Veo este Portugal con Sintra a reventar, con Lisboa, Oporto y Cascais repleto de españoles. Y entonces se entiende que el milagro portugués no tiene que ver con la imposición por decreto ni el cuento del engaño. Veo Estoril con su casino luminoso, mientras la economía española juega la ruleta rusa con niños negligentes y traviesos al mando del bacarrá. Veo que la República portuguesa conserva su avenida del Conde de Barcelona pese a todo. Y veo desde la ribera del Tajo que Pedro Antonio admite un irremediable fin de ciclo y su viceprimera Comaneci, también conocida como Nadia, ya no descarta la recesión que hasta ayer mismo negaba. En esa realidad que de fronteras para dentro se nos niega y disimula, radica la gravedad de la soberbia del poder que, como los maridos engañados, siempre es el último en reconocer que se ha enterado. Aquel Portugal destartalado y considerado el hermano pobre de la península Ibérica, puja hoy por disputarnos las cifras y la credibilidad como reyes del sur. El Antonio Costa que Pedro Sánchez quiere ser se ha convertido en el modelo hispanitatis verdadero, porque el modelo Pedro Antonio es más bolivariano o peronista que los propios originales del empobrecimiento clientelar.

Isabel I de Madrid

Isabel Díaz Ayuso había bajado mucho su combativa oposición al sanchismo desde la llegada de Feijóo a la presidencia del PP. Pero con el decreto energético de Sánchez ha vuelto a enseñar las garras de la oposición contra el apagón del supuesto ahorro impuesto por la Moncloa. Desde Génova no quieren guerra porque las encuestas van bien, viento en popa a toda vela hacia la Moncloa. Las últimas dan al PP una ventaja de 44 escaños sobre el PSOE, con la coalición PSOE-Podemos cayendo de 155 a 117. Por eso piden bajar el ruido sin entrar en el cuerpo a cuerpo con Sánchez, que agita ese enfrentamiento que tan mal resultado le ha dado en términos electorales. Ayuso ahorra 1,6 millones con su plan energético y está dispuesta a inspeccionar los edificios gubernamentales en Madrid para ver si Sánchez cumple su propio decretazo. En el PP critican que el ahorro se "imponga" desde un Gobierno derrochador.

El (d) emérito Juan Carlos

Juan Carlos I también resta en las cuentas de la Corona española. Desde la Zarzuela no quieren aparecer como los malos de la película, aunque el emérito se ha convertido en demérito de la Monarquía española. Esa es la conclusión a la que llegan fuentes del entorno de la Casa Real, que vieron como un mal ejemplo el viaje a Sanxenxo del monarca. Esas fuentes fiables explican que el Rey padre debe comprender que "en España ya no se puede hacer la vista gorda como antes y que si te saltas una raya continua o un semáforo te expones a la multa" por muy rey que seas. Desde el Palacio Real tratan de aparentar "buenas relaciones con Moncloa", pero lo cierto es que la izquierda "no desperdicia ocasión para desprestigiar a la Corona" y proyectar "espíritu republicano". Por eso todos los asesores y consejeros de Felipe VI aconsejan que Juan Carlos no regrese en espera de clarificar su situación y de "un cambio político".