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Monarquía o república

¿Debate ficticio o real en la España navideña? El modelo de Estado no es la prioridad de un país en plena pandemia
El Rey en su discurso navideño. EFE
El Rey en su discurso navideño. EFE

Pese al confinamiento de los sentimientos y los afectos, mi libro revela, y pido excusas por hablar de ello, que la pasada Nochebuena cenamos cuatro comensales en casa de mamá Argimira y comimos las mismas cuatro personas en Navidad. Familia cercanísima a la mesa sin allegados ni excesos para degustar un menú en estado de alarmante alarma. Distancia debida para proteger a la abuela, que con 88 años sobre el mantel se despachó a base de sidra y albariño unas buenas raciones de langostinos, cordero y demás manjares tradicionales de estas fechas. La anfitriona tenía un antojo, así que también mercamos en La Gran Pulpería del paisano Juan Olloki un par de raciones de pulpo con cachelos que desaparecieron antes de que el Rey terminara de despedirse del pueblo. Esperé con interés la sobremesa para ver si la predicción de Pablo Iglesias se hacía realidad, pero nadie optó por el debate inducido e interesado de Monarquía o República. Por la rama familiar de mi mujer tampoco me consta que el referéndum de Navidad pronosticado por el hombre del moño, hace nada coleta indignada, triunfara lo más mínimo salvo a favor de la Corona. Hecha la encuesta del día después entre amigos, compañeros o familiares más lejanos, se confirmó que los brindis y el grueso de las conversaciones, deseos y dudas razonables se plantearon sobre el desafío de la pandemia y la difícil convivencia colectiva en la era covid, tal y como hizo Felipe de Borbón. Sucedió esta Nochebuena, como indica la lógica, lo más razonable: el populacho soberano no es tan manipulable como cree el pensamiento socialcomunista en Navidad ni otras fiestas de guardar.

Mi madre vive en una zona representativa de clase media en Madrid, entre el barrio de Salamanca, Chamartín y Hortaleza. Y cuando terminó el mensaje de Felipe VI se oyeron algunos vivas al Rey en forma de balconing y pared con pared. No arrasaron en el cinturón rojo de Madrid, Barcelona o cualquier otro sitio de España caceroladas y voces masivas contra la Monarquía en favor de la República. Pero parece claro, incluso para el CIS de Tezanos, que el actual Rey está mucho mejor valorado por los españoles que los políticos que promueven campañas contra la Corona. En efecto, es cierto, la gente está cabreada con el comportamiento del Rey emérito, pero sabe separar lo personal de lo institucional e interpreta que ahora está en manos de Hacienda y la Fiscalía (del Gobierno), y no de comisiones de la Inquisición. Los principios morales y éticos —repitió el Rey— están por encima de lazos familiares y personales. Y si eso ha molestado a sus enemigos, es que de nuevo acierta. Vivir del adoctrinamiento y la ideología, marcar el rumbo de un país con criterios de partidismo político sin atender al interés general o plantear debates estériles extemporáneos como ese nostálgico republicanismo obsesivo o el desenterramiento de Franco, solo persigue mantener en tensión a la sociedad española con el ánimo de fomentar una interesada confrontación.

Todo eso busca la división deliberada en vez de sumar, distrae de lo esencial que es el bienestar sanitario y económico en vez de consensuar una política eficaz contra el coronavirus y la crisis, y termina por fortalecer los principios y valores de la democracia española empezando por la Constitución.

Se da por seguro que en la Nochebuena del chalet de Galapagar se habló de la República, pero no del caso Dina, la financiación de Podemos y los casi 80.000 muertos por covid. Pero a nadie le extrañe que, entre polvorones y turrones, el debate del marquesado se centrara más en debatir contra Sánchez y Calviño que entre Monarquía o República. Un vicepresidente que contraprograma la rueda de prensa del consejo de ministros está claro que juega su partido sin importarle público ni equipo. Hay palabras que suenan regular en la boca de un Gobierno de coalición que pacta con Bildu y con quienes quieren romper España. Que Sánchez e Iglesias repitan con tan poco cargo de conciencia palabras como "Constitución" y "patria" genera más reproches que pronunciadas por el Rey y la oposición. Pedro como Pablo se han convertido en usuarios abusivos del plasma del poder que tanto le criticaban a Rajoy. Vivimos en un escenario televisivo pensado para penetrar en los hogares españoles lo máximo posible con la intención de confinar el pensamiento.

Por eso la sociedad española agradece más 13 minutos al año de mensaje navideño que los soporíferos Aló Presidente o los vídeos doctrinarios de Iglesias para teledirigir y marcar tendencia en la opinión pública y publicada.

El rey Felipe VI ha vuelto a hacer de la concordia, la mesura y la democracia sus más sinceros deseos para los españoles. Su mensaje de Navidad contrarresta la hoja de ruta gubernamental para cambiar nuestro modelo de Estado. Para la Corona queda claro que las prioridades siguen siendo los españoles y España pese a la radicalidad olvidadiza de la clase gobernante. Y esa es la verdadera obligación de los poderes públicos por encima de partidismos y ataques a la Monarquía aprovechando los borrones de Juan Carlos I, artífice principal de la actual democracia que rige España que no está, como dijo, por encima de la Ley. 

Presión e intromisión

Exceptuando su discurso del 3 de octubre de 2017 en defensa del orden constitucional, seguramente este ha sido el mensaje de Navidad más difícil de Felipe VI y, con mucho, el más doloroso. La situación de Juan Carlos I, en destierro forzoso por sus tribulaciones fiscales y la ayuda inestimable de Moncloa, nunca puede ser plato de buen gusto para su hijo. Pero si además el monarca ha recibido tremendas presiones para condenar expresamente en el mensaje navideño el comportamiento de su padre, cosa que no hizo, es fácilmente deducible que la Jefatura del Estado tiene enemigos dentro y fuera del Estado. Tampoco son de recibo las intromisiones políticas para que pidiera perdón por su discurso contra el golpe del procés condenado por el Supremo. Todo el mundo sabe, como se sabía de las andanzas del emérito, que Moncloa supervisa los discursos del Rey. El discurso fue chequeado por Sánchez y Calvo, que sacrificaron la crucificación del emérito a cambio de que el Rey agarrara la esperanza sin entrar en la lamentable gestión covid.

El mensaje de Sánchez

Como adelantamos aquí, Pedro Sánchez y su equipo ultiman su particular mensaje navideño al día siguiente de los Santos Inocentes para poner el acento en la campaña de vacunación que el verano pasado dio por derrotado sin estarlo. Su objetivo es vender un horizonte esperanzador debido a la llegada de la vacuna y los Reyes Magos de Bruselas con los fondos de reconstrucción en las alforjas de sus camellos. El debate entre los asesores de Moncloa ha estado en si esa comparecencia se hace con atrezzo navideño o simplemente como otro Aló Presidente más desde la sala habitual de Moncloa. La decisión ha sido crear un comité de expertos ad hoc para que no parezca únicamente propaganda. La oposición también prepara sus correspondientes resúmenes del año covid para centrar su discurso en la mala gestión, la improvisación y la falta de previsión y expertos del mando único para terminar endosando a las comunidades autónomas 17 navidades distintas en un larguísimo estado de alarma que puede ser ampliado 4 meses más desde mayo. Objetivo: un verano 2021 sin mascarillas.

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