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Censura sin moción

NO HE VISTO nada de la última moción de censura, ni oído, ni casi leído. Ni de esta, ni de ninguna. No me interesa, ni me gusta ese espectáculo de malos actores y de tramposo guion. Y si no me gusta en general, figúrense ahora, con lo que hay en el escenario, como para salir corriendo a refugiarse en el bosque más escondido o en la montaña más inaccesible. Pero, pese a mis intenciones de huida, no pude evitar el ir enterándome de cosas. Por ejemplo, que el líder del partido más importante de la oposición, en vez de cargar contra el Gobierno y su presidente, se dedicó a atacar al partido que había presentado la moción de censura, lo cual no deja de ser bastante contra natura, abracadabrante y sintomático de cómo está el patio político en este lamentable país. Lo que no se vea aquí no se ve en ningún sitio. Y lo malo, con ser desagradable, no es verlo, sino sufrirlo.

Pero, pasando de la moción, de lo que no paso es de censurar a Sánchez, que se merece la más dura censura por todo o casi todo lo que hizo y hace y por todo lo que no hizo ni hace. Recordando los tiempos franquistas que, paradójicamente, tanto sacan a relucir los de izquierdas, Sánchez merecería un "4-gravemente peligroso", como los censores de antaño calificaban las películas que podían dañar nuestra integridad moral y, supongo, llevarnos al infierno, salvo confesión, arrepentimiento y propósito de la enmienda. Su manera de llegar a presidente, los que lo auparon para llegar, sus colegas del Gobierno, el vicepresidente que nombró, sus acuerdos con cualquiera para sostenerse en el cargo, desde los independentistas a la extrema izquierda antisistema, su actuación y su inhibición en casos de extrema trascendencia. Por todo eso, por todo, la censura a Sánchez es una obligación no solo política, sino ética y hasta estética. Para mí, claro, para los suyos parece que no.

Detallar esa mezcla de ineptitud y del peor de los descaros políticos que Sánchez encarna está fuera de un breve artículo y de mis apetencias. Pero sí quiero centrarme un poco en el covid-19. Además de nuestra idiosincrasia como pueblo, algo tendrá que ver en el especial desastre español la pésima gestión que Sánchez, el presidente y responsable de toda España, está haciendo o no haciendo de la pandemia, por mucho que los suyos y allegados disimulen y solo hablen de Ayuso. Siempre tarde, mal y a rastras. Un verdadero presidente hubiera tomado desde el primer momento las riendas, pese a quien pese, y con decisión hubiera asumido el mando sin abandonarlo ni un momento, desde luego no para irse un mes de vacaciones (una vergüenza y motivo más que suficiente, por sí solo, para que hubiese dejado el cargo) en vez de estar preparándose para el próximo embate del enemigo, éste.

¿Censura a Sánchez? Por supuesto: la duda ofende.

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