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Máscaras, mascaritas y mascarillas

TRAS AGOTADORA búsqueda en la caótica selva de mi biblioteca, por fin tengo encima de la mesa Caras, caretas y carotas, un libro de semblanzas de César González-Ruano. Es de la segunda edición, de 1931, con todo lo que eso tiene de evocador, de evocador por viejo. Y también porque creo, aunque no puedo asegurarlo al cien por cien, que se trata de un ejemplar que me regaló —o más bien intercambiamos por otro libro mío— mi recordado amigo Alvilares, seguro que porque el autor era demasiado facha para él; pero no para mí. Bueno, ¿y a qué viene esto? He de reconocer que a nada o a casi nada. Solo que ese título, Caras, caretas y carotas, siempre me hizo cierta gracia y me inspiré en él para este su paralelo Máscaras, mascaritas y mascarillas de hoy. Como quizá sospechen, se trata más bien de un pretexto para llenar líneas. Y ya va un tercio del artículo sin haberlo, en puridad, empezado. Sí, un poco de cara, un poco carota por mi parte.

Porque de lo que voy hablar y escandalizarme es de las mascarillas. Empezaré por decir que las odio, pero a la fuerza ahorcan y si son necesarias o convenientes contra el coronavirus, pues aguantarse. Pero no dejo de recordar un día sí y otro también cuando en pleno furor de los contagios, con la pandemia disparada dejando centenares de muertos diarios, los ‘responsables’ del asunto proclamaban televisivamente que no era esencial, ni siquiera importante usarlas. Y ahora, con la enfermedad en una fase mucho más baja, han pasado a ser el elemento básico para luchar contra ella. ¿No lo sabían antes? ¿Nos mintieron, porque no las había? En cualquier caso, gravísimo. Lo más grave de todo, porque hablamos de salud, de vida o muerte.

Parafraseando a no sé quién, que el contenido de un artículo no me estropee un buen título, aunque poco tenga que ver con él

Pues bien, con ser tan gra ve, no es eso lo que más me asombra, sino que el coste político de tal incompetencia o embuste haya sido nulo. Muchos ciudadanos, según las encuestas, seguirían dando su voto a esa gente, que para algo son de izquierdas (¡la que se hubiera montado si fueran de derechas!). Así somos de sectarios, así estamos. Si uno es chiíta, lo seguirá siendo pase lo que pase, y siempre los sunitas serán los enemigos: la política sentida como religión o, por utilizar una dicotomía orteguiana, las creencias en vez de las ideas. Cuando hablan de sus ideas políticas, muchos deberían decir sus creencias políticas. Con palabras también de Ortega y Gasset: las ideas se tienen, en las creencias se está.

¿Y las máscaras y las mascaritas? Bueno, por todo esto andan subyaciendo, porque ya me dirán como en algo tan importante se puede decir una cosa y la contraria a cara o carota descubierta, sin ponerse uno la máscara. Y en todo caso, parafraseando a no sé quién, que el contenido de un artículo no me estropee un buen título, aunque poco tenga que ver con él.

Máscaras, mascaritas y mascarillas
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