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Las guerras de Trump

DONALD TRUMP tiene la rara habilidad de no poder evitar pisar todos los charcos con los que se topa, y sopesar las consecuencias de sus exabruptos. Si hasta hace poco era Corea del Norte y su particular duelo con Kim Jong-un, ahora anuncia a través de su cuenta de Twitter, y al más puro estilo personal, la imposición de aranceles del 25% a las importaciones de acero y del 10% a las de aluminio, presuntamente porque esas importaciones amenazan su seguridad nacional. 

Desde la Comisión Europea se niegan credibilidad a esta justificación y se afirma que su objetivo es proteger la industria interior norteamericana de la competencia y anuncia represalias. En Europa se ha pasado de negociar un tratado de libre comercio con Obama a aproximarse a la guerra comercial con Trump. Asimismo, China, la principal afectada por esos aranceles, pide que no se apliquen medidas proteccionistas excesivas, en cumplimiento del principio del multilateralismo.

Si se cumplen las amenazas del Presidente Trump, asistiremos al desarrollo de una guerra comercial, o como mínimo, un endurecimiento de las condiciones comerciales a nivel global, lo que va a tener repercusiones, que se pueden acrecentar debido a que la recuperación económica mundial es aún inestable.

El comercio internacional es algo verdaderamente complicado por sus múltiples implicaciones y cuando un país como EE.UU. aplica una política arancelaria se producen diversas situaciones. Así, si los aranceles se aplican, por ejemplo al acero, esto beneficiaría a esos productores, pero daña al consumidor de sus productos transformados, por ejemplo los coches, que suben de precio, lo que frena el consumo, pulmón de la economía estadounidense. Asimismo el incremento de empleos en la industria protegida tiene como contrapartida los que se pierden en otros sectores, y en EE.UU. como señala la economista Christine McDaniel hay más personas trabajando en los sectores de producción dependientes del acero que en esa propia industria. También son importantes las reacciones de otros países, porque el comercio internacional se rige por normas que cuando son quebrantadas por un país, esto hace que otros hagan lo mismo, tanto como represalia como por emulación.

Ante esta tesitura y pese a lo que afirma el Presidente Trump de que “ganaría” con facilidad una guerra comercial, se va a encontrar con que lejos de ser la superpotencia dominante en el comercio mundial enfrente tiene a China y en especial a la UE un rival igual de grande y capaz de imponer represalias efectivas, como descubrió el gobierno de Bush cuando impuso aranceles al acero en el 2002 que duraron 18 meses y le supusieron la pérdida de 200.000 empleos.

Con el Brexit de telón de fondo, la UE necesita reafirmarse y no puede permitirse perder terreno, en un momento en el que se observan con preocupación las políticas puestas en marcha en EE.UU. Además, es una cuestión de ideología, ya que si cede ante el presidente americano, se arriesga a reforzar a sus populistas internos, lo que puede ser más peligroso que un arancel.

En cualquier caso Trump debería tener presente que en el comercio no se trata de ganar y perder, sino que ambas partes se hagan más ricas, y, por lo general, una guerra comercial daña a todos los involucrados.

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