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Un plátano de 120.000 dólares

Llevo varios días pensando en la imagen de un plátano amarillo pegado a una pared blanca con un trozo cinta adhesiva gris. Es una instalación titulada Comediante del artista italiano Maurizio Cattelan, vendida en la feria de arte contemporáneo Art Basel de Miami por 120.000 dólares (108.000 euros). La obra incorpora instrucciones para su colocación, que sugieren cambiar regularmente la banana, a medida que avance el natural proceso de putrefacción. Hace ya tiempo que Andy Warhol elevó al plátano a la categoría de arte, plasmándolo en la portada del primer disco de la Velvet Underground en 1967. El gran artista pop, al menos, lo pintó, sin embargo creo que Cattelan se burla de todo: de las creencias, del pasado, de la cultura, del espectáculo y del sistema del arte mismo.

El arte contemporáneo tiene su punto de partida en los años sesenta y viene a cuestionar las antiguas formas de exponer y su razón de ser o de trascender. Los que asisten a las nuevas exposiciones, suelen aludir a la supuesta falta de dificultad técnica y es habitual que se encuentren casi de todo, desde una escultura hecha con pelos, pasando por vasos de agua medio llenos, incluso como en la obra que citábamos, plátanos, se preguntan, y con sobrada razón, si poco a poco lo desechable y pasajero ha ido ganando terreno a lo trascendente.

Partiendo de la base de que el artista contemporáneo no es un impostor, sino alguien que busca (desesperado, como quería Baudelaire) un camino propio, con una obsesión muchas veces enfermiza por la novedad. Quien lo encuentra y lo sigue, merece respeto, pero quien por el contrario cree haber hallado algo sin tener talento para hacerlo realmente, se acerca mucho a la impostura.

Marcel Duchamp, después de causar escándalos al por mayor, se adelantó a la cuestión y dejó una reflexión que tal vez sirva para resumir el enredo: “Todo puede ser arte pero no todo es arte”. La primera parte de la frase ha convencido a muchos y les ha espoleado hasta convencerles de que todos pueden pertenecer de un modo u otro al mundo del arte (en el fondo, como dijo Joseph Beuys, “todo hombre es un artista").

¿Qué diferencia hay entre un urinario de la marca Roca y el diseñado por Duchamp? Para la gran mayoría, ninguna. Seguramente, si alguien tuviera la osadía de colocar esa pieza del dadaísta francés en un escaparate de sanitarios, sólo los expertos distinguirían inmediatamente la obra de arte. Pese a todo, la Fuente, como la bautizó Duchamp, está considerada una de las obras de arte más influyente del siglo XX.

En el último volumen de sus diarios, Sólo hechos (editorial Pretextos), Andrés Trapiello escribe con cierta ironía que “hasta que no haya un museo que retire de sus salas a quienes, como Duchamp, hicieron unas obras cuyo valor fue exclusivamente el cuestionamiento del museo, no se habrá pasado el sarampión de la modernidad. Hasta que el director del museo donde está el urinario de Duchamp no se lo lleve de la sala donde está expuesto a los retretes del museo, no habremos hecho gran cosa por el arte. Hasta que no se vuelva a mear en el urinario de Duchamp, nuestra sociedad seguirá enferma". 

En cualquier caso creo que el milagro del arte es aquel que refleja lo que dijo Cézanne a Gasquet delante del cuadro Las bodas de Caná del Veronés que está en el Louvre: “Ahí tienes el milagro; el agua transformada en vino, el mundo transformado en pintura".

Un plátano de 120.000 dólares
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