Opinión

Grosera manipulación del CIS

Todas las encuestas previas a las elecciones del 18-F acertaron en la intención del voto de los gallegos con diferencias mínimas en la adjudicación de escaños. Todas menos las promovidas por un medio de comunicación cercano al Gobierno de España y las tres que realizó el CIS, el Centro de Investigaciones Sociológicas. 

En los tres sondeos publicados entre el 25 de enero y el 12 de febrero sobre estimación de voto en Galicia volvió a hacer un papelón, equivocó sus pronósticos con todos los partidos en una repetición de errores de anteriores procesos electorales. 

El CIS ha dejado de ser el instituto demoscópico de referencia, ya no goza de credibilidad y prestigio y sus estudios dejaron de ser fiables para conocer "el estado de ánimo de la sociedad": los problemas que preocupan a los ciudadanos, su percepción de la situación política, económica y social y otras preocupaciones de la gente.

Sus barómetros ya no sirven para extraer información de utilidad para empresarios, autónomos y particulares desde que está presidido por José Félix Tezanos, un sociólogo antaño reconocido que perdió su prestigio desde que se puso al servicio del Gobierno como militancia socialista. 

Viendo el cúmulo de desaciertos de este organismo, se puede concluir que sus encuestas están concebidas como un servicio cualificado al Gobierno. Inventa las preferencias de los votantes y pronostica unos resultados que, en lugar de responder a la pulsión de la sociedad, están cocinados con la intención de orientar el voto de los electores, animando a unos y desanimando a otros. 

Es un ejercicio de manipulación bochornosa y un ejemplo de corrupción política y económica porque su presupuesto sale de los impuestos de todos los contribuyentes. Tamaña utilización política representa una malversación de caudales públicos para un uso tan espurio como influir en los votantes para complacer al Gobierno.

El CIS es el caso más grosero de colonización de las instituciones al servicio del Gobierno, pero no es el único. Recuerden la rendición de la Abogacía del Estado, la Fiscalía y sus cuestionados nombramientos, las designaciones para la presidencia del Consejo de Estado, para el Ine, CNI, empresas públicas, como Renfe, Correos, la Sepi, o para los medios de comunicación públicos la agencia Efe y RTVE. 

Esto no es el fin de la democracia, pero sí su degradación. Por eso, imposible entender que el presidente Sánchez, que accedió al poder para regenerar la vida pública, haya degenerado tanto utilizando el CIS y todas las instituciones del Estado en beneficio propio. 

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