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Insulto a los exiliados

Las imágenes de las caravanas de españoles camino del exilio y el relato de las calamidades que pasaron en los países de destino desgarran el alma. Los rostros de mujeres, niños y hombres de todas las edades expresan la tristeza y amargura al dejar su patria y reflejan la incertidumbre y el miedo ante lo que les espera en un mundo desconocido. Traigo a este comentario tres nombres que representan a los cientos de miles de compatriotas republicanos que tuvieron que exiliarse huyendo de la persecución franquista.

Castelao. Relata los sinsabores del exilio en Sempre en Galiza, el libro que también recoge su pensamiento sobre la Galicia que conocía y la que soñaba. "Estou lonxe da miña terra... hai un drama no meu desterro semellante a unha cruz que abre os seus brazos aos catro ventos para abranguer a door do mundo... Teño morriña. Por eso quero retornar a Galiza".

Antonio Machado. Estremecen las penalidades que padeció camino del exilio con su madre, los dos muy enfermos. Llegó a Collioure en enero de 1939, algún día iba hasta la playa, se sentaba en una barca varada en la arena y se quedaba en silencio... "La angustia del destierro y la pena, dice Martínez Ruiz. Porque Antonio Machado murió de pena el 22 de febrero de 1939". Sus últimas palabras fueron «adiós, madre». Doña Ana murió tres días después.

Chaves Nogales. Fue el cronista ecuánime de aquellos años convulsos y marchó a Francia "cuando tuve la convicción de que todo estaba perdido...". En su biografía, María I. Cintas reconstruye el exilio del periodista andaluz en París. "Su piso, dice, era un lugar de tertulia y encuentro de exiliados, charlaban, tocaban la guitarra, cantaban..., pero cuando escuchaba flamenco, Chaves Nogales lloraba".

Tres historias de coherencia y honradez de tres personajes que simbolizan a todos los que, por fidelidad al orden establecido, se fueron con lo puesto, pasaron mil calamidades, vivieron con la pena de la patria perdida y murieron pobres, solos y en muchos casos olvidados.

El vicepresidente del Gobierno equipara a Puigdemont, un señorito supremacista y lleno de odio a España que vulneró la ley y huyó de la justicia, con los compatriotas exiliados, fieles a la legalidad republicana que amaban a España. Una vileza.

Pero tampoco sorprende esa comparación, Iglesias desconoce la historia -debería leer la vida de Tarradellas- y legitima el delito político. Lo que sorprende es que el presidente del Gobierno no lo haya cesado por ofender la memoria de los exiliados, denigrar a los empresarios y manchar la imagen de España y de su propio Gobierno.

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